La verdad detrás de la devoción por los perros: los expertos niegan el afecto desinteresado

Sociedad

Según la ciencia, asumir la responsabilidad de convivir con un perro o un gato impacta de manera directa y positiva en el bienestar emocional.

Decir que se cuida a un perro o a un gato por puro "amor a los animales" es la explicación más extendida y aceptada. Sin embargo, la ciencia del comportamiento sugiere que detrás de esa dedicación constante opera también una necesidad humana más profunda: la de estructurar la vida cotidiana, fijar rutinas y obtener un refugio de seguridad.

Lejos de insinuar que el cariño sea falso o que exista una manipulación utilitaria, los expertos aclaran que el vínculo afectivo suele ser auténtico. La clave reside en cómo las demandas biológicas del animal —alimentarlo en horarios fijos, sacarlo a pasear, cumplir con las visitas al veterinario o jugar con él— imponen una disciplina externa.

Para muchas personas, esta serie de obligaciones ineludibles se transforma en el ancla necesaria para sostener hábitos saludables que, de otro modo, les costaría mucho mantener por decisión propia. Desde el punto de vista teórico, el fenómeno se comprende mejor a través de la teoría del apego, formulada por el psiquiatra John Bowlby.

Este marco conceptual explica que los seres humanos desarrollan lazos afectivos primarios con aquellos agentes que les brindan previsibilidad, contención y bienestar emocional. Al ocupar un lugar de presencia estable e incondicional dentro del hogar, los animales domésticos -tales como perros y gatos- responden directamente a esa búsqueda de equilibrio, demostrando que el cuidado animal reporta, en última instancia, un beneficio recíproco para la propia salud mental.

El impacto real de los animales en la salud mental: qué dice la ciencia

La relación entre las personas y sus animales de compañía suele asociarse con el bienestar psicológico, y la ciencia ofrece explicaciones concretas al respecto.

Investigaciones reunidas por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos señalan que el contacto con perros y gatos ayuda a equilibrar el organismo: reduce los niveles de cortisol —la hormona del estrés— e incrementa la liberación de oxitocina, fundamental en la creación de lazos afectivos. A esto se le añaden hábitos positivos como la actividad física mediante los paseos, la contención emocional y la creación de rutinas estables, un factor clave para quienes viven solos.

No obstante, los expertos aclaran que el efecto no es automático. Un estudio realizado en 2024 en el Reino Unido sobre más de 6.000 personas no evidenció una mejora directa en la salud mental durante la pandemia por el solo hecho de convivir con un animal.

Otras revisiones científicas del mismo año coinciden en que se trata de un vínculo complejo, donde coexisten aspectos positivos y responsabilidades demandantes. Así, aunque una mascota aporta un valioso soporte afectivo y organizativo, el impacto final variará según las dinámicas de cada hogar.

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