#FilosofíaAplicada: El poder del silencio
Dos hechos que han tenido repercusión esta semana como la agresión a Víctor Hugo Morales y la solicitud por parte de Boca Juniors para que el jugador Daniel Osvaldo no hable sobre el fallecimiento de un niño en la villa "Rodrigo Bueno" encuentran su punto de conexión alrededor de un concepto: "el silencio", una categoría que posee una impronta poderosa y que puede ser vehículo tanto de prohibición como de reflexión.
Pero como las palabras pueden salirse de la trivialidad del ruido y ser verdaderos aguijones penetrantes, en una gran cantidad de ocasiones a lo largo de la historia se ha pretendido utilizar el silencio no para darles un lugar preponderante, si no por el contrario, para aplacar su efecto. Así nace la censura, como la intención de callar y de negar una palabra que amenaza con alterar el orden instituido o simplemente con develar una realidad que se desea se mantenga oculta.
De esta manera, mientras que a un silencio se llega a través del ejercicio de callar esas voces espurias que sólo buscan tapar con su ruido toda posibilidad de reflexión profunda sobre nuestras propias complejidades, al silencio de la censura se pretende llegar mediante la imposición de la fuerza, sea física, psicológica o financiera. Hay una gran diferencia entonces entre callar para alcanzar la verdad y callar para que la verdad no sea alcanzada.
Es por todo esto que tanto silencio como palabra conforman una dicotomía que en su contrariedad generan una armonía y que poseen un poder enorme que es necesario aprender a utilizar para no caer en el barullo ni en la desidia. El propio Wittgenstein sostenía "de lo que no se puede hablar es mejor no decir nada", invitándonos así a medir tanto nuestras palabras como nuestros silencios, frase por demás elocuente pero que también nos abre una gran incógnita: ¿debe existir algo o alguien que sea capaz de determinar qué es aquello de lo que no se puede hablar?
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