#FilosofíaAplicada: El poder del silencio

Sociedad

Dos hechos que han tenido repercusión esta semana como la agresión a Víctor Hugo Morales y la solicitud por parte de Boca Juniors para que el jugador Daniel Osvaldo no hable sobre el fallecimiento de un niño en la villa "Rodrigo Bueno" encuentran su punto de conexión alrededor de un concepto: "el silencio", una categoría que posee una impronta poderosa y que puede ser vehículo tanto de prohibición como de reflexión.

Indudablemente vivimos en una sociedad fascinada por el sonido, por el ruido y que busca constantemente aturdirse para evitar cualquier situación silenciosa. Históricamente occidente se ha desarrollado en función del uso de la palabra y de los conceptos, hasta tal punto de llevarnos a la confusión; es al día de hoy que todavía buscamos medios a través de los cuales aturdirnos para así evadirnos de la realidad. Pero ¿por qué tanto rechazo al silencio?

Por el lado de oriente el silencio ha sido mucho más venerado, hasta llegar a sostener que el mundo se ha originado en él, como se puede observar en el Bhagavad-Gitá texto sagrado del hinduismo; incluso el propio Confucio enseñaba a ponderar la escucha en silencio. Es decir, el silencio es desde aquí visto como una condición necesaria para poder establecer una verdadera meditación, un estado de calma y serenidad del alma. Ahora bien, también podemos sostener que es en el silencio, y no en el ruido, en donde podemos alcanzar la reflexión acerca de cuestiones inherentes a nuestra condición humana y que revisten una suma complejidad; es decir, el pensamiento filosófico necesita también del silencio.

Así nace la censura, como la intención de callar y de negar una palabra que amenaza con alterar el orden instituido o simplemente con develar una realidad

¿Será entonces que evitamos el silencio para no tener que pensar, para no tener que enfrentarnos a esos cuestionamientos que solemos posponer? ¿O será que el silencio nos enfrenta a nuestra soledad? Esta verdadera apología oriental del silencio, y que también podemos observar en esta parte del mundo, no niega las palabras si no que, por el contrario, le conceden una valoración excelsa. Cuando se miden las palabras y se establece un verdadero equilibrio entre el acto de hablar y el acto de callar, es cuando se deja lugar al sentido más pleno: necesitamos por ello hacer silencio para escuchar los conceptos centrales de los demás y de nosotros mismos.

En este sentido, el filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein pretendió establecer los límites del lenguaje, es decir, reflexionar acerca de aquello sobre lo cual es pertinente hablar y aquello que es conveniente callar por no referir a circunstancias comprobables. Como se puede observar, también en el pensamiento occidental se reconoce al silencio como una condición básica para que emerjan las palabras relevantes y profundas a la hora de interpelar la realidad.

Tanto silencio como palabra conforman una dicotomía que en su contrariedad generan una armonía y que poseen un poder enorme que es necesario aprender a utilizar para no caer en el barullo ni en la desidia

Pero como las palabras pueden salirse de la trivialidad del ruido y ser verdaderos aguijones penetrantes, en una gran cantidad de ocasiones a lo largo de la historia se ha pretendido utilizar el silencio no para darles un lugar preponderante, si no por el contrario, para aplacar su efecto. Así nace la censura
, como la intención de callar y de negar una palabra que amenaza con alterar el orden instituido o simplemente con develar una realidad que se desea se mantenga oculta.

De esta manera, mientras que a un silencio se llega a través del ejercicio de callar esas voces espurias que sólo buscan tapar con su ruido toda posibilidad de reflexión profunda sobre nuestras propias complejidades, al silencio de la censura se pretende llegar mediante la imposición de la fuerza, sea física, psicológica o financiera. Hay una gran diferencia entonces entre callar para alcanzar la verdad y callar para que la verdad no sea alcanzada.

Es por todo esto que tanto silencio como palabra conforman una dicotomía que en su contrariedad generan una armonía y que poseen un poder enorme que es necesario aprender a utilizar para no caer en el barullo ni en la desidia. El propio Wittgenstein sostenía "de lo que no se puede hablar es mejor no decir nada", invitándonos así a medir tanto nuestras palabras como nuestros silencios, frase por demás elocuente pero que también nos abre una gran incógnita: ¿debe existir algo o alguien que sea capaz de determinar qué es aquello de lo que no se puede hablar?

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