¿Por qué a los argentinos se nos complica tanto hacer una paella si a los españoles les sale tan fácil? ¿Y la tortilla? ¿Qué le ponen para que sea tan rica? La verdad, todo es más sencillo de lo que parece y más si te lo explica un gallego (bah, es vasco, pero nosotros a los españoles les decimos gallegos no importa de donde vengan) como Borja Blázquez.
El tipo te enseña a hacer una paella en media hora y no podés creerlo. Le pone todo, eh: verduras, pecado, mariscos, pollo y arroz, claro. "No hace falta ser cocinero para hacer un buen arroz española, solo sentido común y una leve memoria para recordar un par de leyes básicas", dice a minutouno.com.

CÓMO HACER UNA PAELLA


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El año pasado Borja abrió su propio restaurante en San Telmo, barrio en el que también vive. Pero no sólo hizo un salón para ir a comer, sino que montó un estudio de cocina en el que hace lo que más parece gustarle después de cocinar: enseñar.

Golpeado por la realidad argentina de fines de 2015 y este principio de año, el chef decidió apostar más por la enseñanza que por dar de comer y se puso con todo a dar cursos. Por eso achicó las plazas del local (ahora es exclusivo para 50 personas) y apostó a la educación.

Tres son los cursos que ofrece para aficionados. Si sabés hacer unos fideos con tuco o una milanesa, estás en condiciones de aprender en un mes los secretos de la cocina española y te va a sorprender a vos mismo de cómo te sale una paella.

CÓMO HACER UNA TORTILLA

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De tantos años en vivir en la Argentina, Borja adoptó algunos modales porteños y se anima a desafiar a sus alumnos. "Os juro que esta misma paella que comemos acá, si vais ahora a comprar en diez lugares diferentes, en ocho la que harán ustedes es más rica", arenga. Y sí, el que tiene el privilegio de probarla, comprobará que tiene razón.

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La tendencia de los grandes chefs de ofrecer cursos hace un tiempo que se instaló en el país, pero el caso de Blázquez es particular: da clases ultra sencillas, básicas y a costos moderados. Cada curso dura cuatro clases (tres teóricas y una práctica) y se dividen en pescados y mariscos, arroces y tapas.

Relajado, Borja cuenta que está un poco cansado de correr con la cocina de un restaurante y que le gustaría tener un viernes o sábado libre. Es que para el común de los mortales la vida de un cocinero parece la ideal: buena comida y chupi todos los días, dormir hasta tarde y hacer relaciones con todos los comensales; pero en realidad, como cualquier otro trabajo tiene desventajas: no existen los fines de semana, las noches son interminables y el cuerpo en algún momento te cobra las horas de estar parado y a contrarreloj.

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Quizá este sea el principal motivo para que los grandes del rubro comiencen a bajar un cambio y a llevar parte de su conocimiento a la gente y no desde un televisor. La experiencia de aprender en vivo y en directo, en carne propia, es diferente. A la tele le faltan los olores, como por ejemplo para darse cuenta que el arroz de la paella ya empieza a largar ese aroma a quemadito que indica que hay que sacarlo, pero que está al punto justo para luego poder rascarlo de la sartén y embucharlo con ese gusto tan particular de lo ahumado.

En la versión in situ, también se diferencian los sonidos: se escuchan los gorgoteos del aceite en acción, la cebolla desalmarse en la olla y la cuchilla descuartizar el ajo. Pero sobre todo, lo que reina es el gusto: la comida se ve -como en la tele-, pero se prueba.

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