Cómo suena un edificio durante un partido de la Selección: una banda sonora que solo existe cada tanto

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Los gritos, los delays, los ascensores y los silencios también juegan su partido en cada rincón de Argentina.

Mientras Argentina juega una semifinal del Mundial frente a Inglaterra, hay otra historia que transcurre en paralelo y que no aparece en ninguna transmisión. No tiene relato, ni estadísticas, ni repeticiones en cámara lenta. Ocurre puertas adentro de los edificios, donde durante un rato el sonido modifica por completo la rutina y construye una suerte de cartografía acústica tan caótica como reconocible.

Lo primero que llama la atención es la facilidad con la que los vecinos encuentran motivos para gritar. No hace falta un gol ni una atajada extraordinaria. Un quite en la mitad de la cancha, una pelota dividida, un lateral, un córner o un pase que parecía imposible también alcanzan para que desde algún departamento se escuche un "¡Vamos!", un insulto o un lamento. El umbral de reacción desciende de manera drástica. Durante noventa minutos, cualquier episodio adquiere una dimensión desmesurada.

Después aparece uno de los fenómenos más curiosos de esta época: los delays. Ya casi nadie mira el partido exactamente al mismo tiempo. Hay quienes lo siguen por cable, otros por streaming, algunos desde una aplicación y otros por televisión satelital. El resultado es una desincronización permanente.

Un grito de euforia o un "¡Nooo!" que llega desde un sexto piso puede convertirse, involuntariamente, en un anticipo de lo que dentro de algunos segundos sucederá en otro departamento. El edificio deja de ser un conjunto de viviendas para transformarse en un sistema involuntario de spoilers.

Los ascensores también parecen entrar en un régimen distinto. Se mueven menos de lo habitual, aunque nunca dejan de hacerlo. Siempre hay alguien que baja a recibir un pedido, quien vuelve de trabajar, el que sale a comprar algo para el entretiempo o ese vecino cuya rutina permanece completamente ajena al calendario futbolístico. Incluso está el que abandona el partido durante unos minutos porque tiene una obligación impostergable. En un país donde parece que todo se detiene, siempre existe una excepción.

Lo mismo sucede con los espacios comunes. El hall de entrada, los pasillos y los palieres conservan una quietud inhabitual. No están completamente vacíos, pero el tránsito disminuye de manera ostensible. La circulación pierde intensidad y el edificio parece respirar más despacio, como si durante un par de horas aceptara someterse a una tregua silenciosa que únicamente interrumpen los ecos del partido.

Las ventanas abiertas terminan de completar el cuadro. Los relatos deportivos se mezclan entre sí, los comentaristas se superponen y las exclamaciones rebotan en patios internos y pulmones de manzana hasta volver imposible identificar desde qué departamento proviene cada sonido. Por un momento, todo el edificio parece estar mirando el mismo televisor, aunque en realidad haya decenas de pantallas distintas reproduciendo exactamente el mismo encuentro con algunos segundos de diferencia.

El entretiempo también tiene una acústica propia. Sin necesidad de mirar el reloj, el edificio avisa que el árbitro marcó el descanso. Se escuchan puertas que vuelven a abrirse, pasos en los pasillos, una descarga de inodoro, el agua de una canilla, una pava que empieza a hervir, el microondas anunciando que terminó de calentar algo. Es un paréntesis sonoro en el que la vida cotidiana intenta recuperar terreno antes de volver a quedar eclipsada por el fútbol.

Hay algo fascinante en esa transformación. Durante un partido de la Selección no solo cambia aquello que millones de personas están mirando. Cambia, sobre todo, la manera en que un edificio suena. Y quizás esa sea una de las formas más precisas de medir la dimensión que todavía conserva el fútbol en la Argentina: alcanza con abrir la ventana, apagar por un momento el televisor y escuchar. El resto lo cuenta el edificio.

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