Para rescatarse de la calle y de la droga está el túnel del boxeo

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Deténgase un instante, traiga a su mente una imagen de Constitución. Caos, gente corriendo de un lado a otro, música, innumerable cantidad de líneas de colectivos llegando y partiendo sin cesar. Y por último, la estación de tren, involuntariamente protagonista de esta historia.


 


Allí, en medio de la vorágine diaria, un grupo de personas confundidas en la masa de personas, cargan su bolso, lleno de ilusiones, y en silencio, se dirigen al área de encomiendas perteneciente a la empresa Ferrobaires y de repente desaparecen, tragados por la tierra (en este caso, pavimento).


 


La gente sigue su ritmo de vida diario, pero sin saber que bajo sus pies, ese grupo de personas, intenta forjar su futuro a las piñas. Sí, a las piñas, porque allí, bajo eso que parece ser un galpón desolado, a cinco metros bajo tierra funciona un gimnasio de boxeo.


 


Desde 1994 cuando por iniciativa de Ricardo Guardo, quien maneja el área comercial de Ferrobaires, el gimnasio vio la luz (esto es metafórico dado que apenas entra la luz del día) y funciona sin parar. Y casi sin querer se convirtió en una suerte de sitio de culto: clips musicales -Sin Cadenas, de Los Pericos-, películas -Tiempo de Valientes, del director Damián Szifrón- y documentales, todos se interesaron en el humilde gimnasio.


 


Pero como dice Guardo, el gimnasio no busca “sacar campeones, el objetivo es sacarlos de la calle. Si alguno llega, bienvenido sea. Esto es algo social, para una ocupación mental”.


 


El gimnasio es una contribución con fines sociales para muchos pibes que están en la calle, y que realmente no saben que hacer. Muchos pibes, si no hubiesen conocido este gimnasio, estarían en la ‘falopa’ (droga), robando, o en el alcohol, acá hay muchas historias. Constitución es una zona de alto riesgo”, señala quien además de sus tareas en el ferrocarril es promotor de boxeo.


 


Al bajar sólo una lamparita ilumina a las destruidas escaleras, y la humedad golpea tan fuerte como un peso pesado, pero pasado un rato, uno termina adaptándose a la geografía del lugar, escenario que no parece que vaya a ser modificado. “Si no lo mejoramos más, es porque a mucha gente le gusta como está así, sucio, con humedad, porque vienen a hacer películas, y de ahí sacamos el único apoyo que tenemos”, indica Guardo.


 


A pesar de lo precario del lugar, han pasado por aquí campeones como Pablo Sepúlveda (sudamericano de los gallos)  o hace unos años atrás, Jorge Paredes (latino y sudamericano supergallo). Además, en más de una ocasión, cuándo la Federación Argentina de Box permanecía cerrada, han entrenado allí Juan Martín “Latigo” Coggi o Jorge “Locomotora” Castro, por citar a algunos nombres importantes del boxeo argentino.


 


Hoy dos son los nombres que apuntan a seguir haciendo más grande la leyenda del lugar: Martín “Finito” Ahumada, profesional desde hace dos años, diez peleas, todas ganadas (seis por puntos y cuatro por KO) y Lucas Almeida, quien recientemente dejó la Selección argentina de boxeo para, en el 2008, poder hacerse profesional.


 


La jornada de entrenamiento es muy corta, sólo entre tres y cuatro horas, para luego emerger nuevamente de las profundidades, y mezclarse con los miles y miles de anónimos que día a día transitan por allí, y desconocen que bajo sus pies se esconden los sueños de muchos chicos. Sueños no sólo de ser alguien, sino de evadir una realidad a la que quieren vencer por knock out.

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