Distorsión y espíritu de garage: la primera vez de Weezer en Argentina

Espectáculos

La banda de Rivers Cuomo debutó este miércoles en el Movistar Arena con un show conciso y demoledor. Veintiún canciones casi sin discursos, donde la nostalgia y la precisión se encontraron en un mismo acorde.

Weezer tenía una deuda con su público argentino. Y la saldó este miércoles, sin vueltas, con un show de 21 canciones y poco más de ochenta minutos que no dejó aire entre tema y tema. Fue una descarga de energía contenida durante décadas, que finalmente encontró su cauce en el Movistar Arena, entre guitarras afiladas y una puesta sin artificios.

Desde el inicio con “My Name Is Jonas” hasta el cierre con “Buddy Holly”, la banda californiana demostró que la espera y la nostalgia pueden ser un combustible poderoso. El público, en modo celebración, acompañó cada tema como si formara parte del repertorio desde siempre. No hubo introducciones, ni discursos, ni efectos: solo música, una tras otra, ejecutada con precisión quirúrgica y espíritu de garage.

La estrategia fue clara. A diferencia de muchos artistas que al debutar en Buenos Aires estiran su set o buscan grandilocuencia, Weezer eligió lo contrario: un concierto conciso, rabioso, ajustado como un reloj con alma punk. En lugar de adornos, intensidad. En lugar de solemnidad, riffs que dispararon pogos espontáneos y cantos desafinados pero felices.

Weezer Movistar Arena

El repertorio se apoyó con fuerza en el Blue Album, su debut de 1994, del que tocaron ocho temas. La decisión no fue casual: el grupo viene celebrando las tres décadas de ese disco, piedra fundamental de su identidad y uno de los más queridos del rock alternativo noventoso. Canciones como "Undone – The Sweater Song”, "Holiday" y "Say It Ain’t So” sonaron exactas, con ese equilibrio entre melancolía y euforia que Weezer logra sostener sin impostura.

Weezer Movistar Arena

El resto del recorrido incluyó pasajes por Pinkerton y una selección precisa del resto de su catálogo, con momentos de comunión colectiva como “Island in the Sun”, “Beverly Hills” y “Pork and Beans”. Hubo incluso lugar para un desvío eléctrico: una versión de “Enter Sandman”, de Metallica, que el grupo grabó años atrás para un tributo al “Álbum Negro” y que desató un furioso pogo.

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Otro condimento especial fue la formación. Para esta primera gira sudamericana —que pasó por Brasil y seguirá por Chile—, Weezer sumó al baterista Josh Freese, mientras Patrick Wilson, histórico batero del grupo, pasó a guitarras. El movimiento reforzó el costado más filoso del sonido, aportando volumen y empuje a cada golpe de riff.

Sin apelar más que a su contundencia musical, Weezer construyó una comunión inmediata. Sin rellenos ni fuegos artificiales, dejó en claro que a veces alcanza con tocar las canciones exactas, y tocarlas bien. Cuando las luces se encendieron tras “Buddy Holly”, quedó esa sensación que no necesita traducción: la deuda estaba saldada, con oficio, distorsión y una sonrisa compartida.

Weezer Movistar Arena
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