¿"El diablo viste a la moda 2" supera a la original?

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Protagonizada por Anne Hathaway y Meryl Streep, la secuela de "El diablo viste a la moda" es una obra de arte y, a su vez, una manera de representar el periodismo.

La pregunta sobre si una secuela puede superar a un mito es, en el universo de Miranda Priestly, una vulgaridad. Las obras maestras no se superan; se expanden, se habitan y, en el mejor de los casos, se transforman. Esta nueva entrega de El diablo viste a la moda que llega hoy a los cines lo hace con la elegancia de quien no necesita demostrar nada, y por eso mismo, logra algo mucho más difícil que vencer a su predecesora: honrarla desde la diferencia.

En el implacable mundo de la moda y el cine, la perfección suele ser un estado estático. Intentar que una secuela supere a la cinta original de 2006 sería un error de concepto, casi tan grave como confundir el azul celeste con el cerúleo. La realidad es que esta nueva entrega no busca derrocar al clásico; busca dialogar con él. No estamos ante una competencia, sino ante una evolución necesaria que respeta el material de origen con un cariño casi devocional, entendiendo que la película de David Frankel es, por definición, insuperable.

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Esta vez, la narrativa se desprende de la etiqueta de "chick flick" ligera para abrazar una madurez que se siente como una carta de amor constructiva a la profesión periodística. La película se sumerge en las problemáticas reales de la comunicación contemporánea, tratando el oficio con una seriedad que Andy Sachs habría agradecido en sus inicios. Pero, por encima de la industria, lo que sostiene el andamiaje emocional es la química intacta entre Meryl Streep y Anne Hathaway. Verlas compartir pantalla es asistir a un despliegue de sutilezas, un juego de espejos donde la admiración y la exigencia se confunden en una danza cinematográfica de una belleza innegable.

Meryl Streep realiza una labor que solo puede calificarse como altruista: entrega su talento para elevar cada escena, componiendo una Miranda Priestly que es, al mismo tiempo, demoledora y entusiasta. Su personaje ya no solo destruye para construir; ahora lidera con una visión que trasciende la página impresa, recordándonos por qué Streep es la arquitecta definitiva de este universo. A su lado, Emily Blunt vuelve a demostrar por qué es indispensable. Si bien su personaje no recibe un cierre del todo atrapante o convencional, Blunt lo habita con una espectacularidad que roba cada plano en el que aparece, manteniendo esa chispa de acidez que tanto amamos.

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Al final, lo que queda es una sensación de gratitud. La película fue tratada con un respeto absoluto por el legado original, sabiendo que el impacto de la primera cinta es un fenómeno que ocurre una vez en la vida. Esta secuela no pretende ocupar su trono, sino construir uno nuevo al lado, uno más moderno, más analítico y profundamente humano. Es, en esencia, la prueba de que se puede volver a casa sin romper nada, simplemente redecorando con el gusto exquisito que solo Miranda Priestly podría aprobar.

Porque, a decir verdad, traer este clásico 20 años después era el peor de los desafíos, pero fue superado con creces y gran parte de ese acierto lo tiene el regreso del cast original.

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