'La Botica del Ángel', la historia que Leumann hizo realidad
* Eduardo Bergara Leumann y la Botica del Ángel quedarán para siempre presentes y reunidos en la historia del arte argentino.
Resulta imposible separar el nombre del artista de su creación más reconocida y aún vigente a pesar del largo paso del tiempo: Eduardo Bergara Leumann y la Botica del Ángel quedarán para siempre presentes y reunidos en la historia del arte argentino.
Esta especie de museo del arte porteño, centrado en los años ´60, tuvo una primera versión en 1966. Posteriormente La botica se mudó al mas amplio "Templo del ángel", un edificio situado en la calle Luis Sáenz Peña 541 en la Ciudad de Buenos Aires, en este edificio, hizo colocar un cartel que dice "Botica del Ángel". El edificio parece una iglesia, por los ángeles y la arquitectura de la fachada. El mismo Bergara Leumann contaba que cuando la compró, en los años setenta, le agregó partes de demoliciones. “Es un collage de una época de Buenos Aires que se han empecinado en destruir”, aseguraba el artista.
Son unos 1200 metros cuadrados atiborrados de pedacitos de historia porteña en todo lo que incumbe a su creación artística. Sin embargo, y esto es sorprendente teniendo en cuenta la cantidad de objetos por espacio, en cada lugar hay armonía, una gama de colores predominantes, una tendencia, un estilo. Desde obras de grandes maestros de la plástica como podría ser Antonio Berni, pasando por textos de Alejandra Pizarnik, y las Ocampo, vestidos y objetos de Libertad Lamarque, todo protegido por un sinnúmero de ángeles, relata en una nota la Revista del Abasto.
Todos los ambientes, desde la nave principal y sus pasillos, hasta habitaciones, rincones, baños, escaleras, patios y terrazas, todo, absolutamente todo, está intervenido por el criterio barroco de su dueño. Y todo, salvo tal vez símbolos universales como los ángeles, rosas o alguna figura extranjera muy influyente (me refiero a, por ejemplo, Shakespeare que tiene su baño y donde el visitante puede llegar a tener el honor de orinar su estampa en el mingitorio), todo, todo lo demás es netamente argentino. Historia, de arte, fotografía, farándula -pero de aquella de los años ´60- arte, arte y otra vez arte. Tiene todo lo que habría sido la cocina de doña Petrona, un gran espacio dedicado a Carlos Gardel y una cocina muy kitsch basada en el diseño del paquete de la gomina que utilizaba Gardel en Estados Unidos. Hay parte de la primera cervecería porteña y un pequeño café que contiene pedacitos de cafés inolvidables de Buenos Aires.
Lo que parece que requiere imitar la paciencia de un ángel es la posibilidad de acceder a una visita guiada por La Botica. Tal vez ahora, con la muerte de su creador, las cosas se organicen para que las puertas de ese mundo casi privado se abran al público.
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