"No quiero llanto ni penas": el legado de Rubén Rada en la música rioplatense

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Fue decisivo para que el candombe se cruzara con el rock, el jazz, el funk y el pop, y para que esa tradición pasara a formar parte de la música popular.

Rubén Rada murió este miércoles a los 83 años y, más allá de la tristeza lógica por la pérdida de uno de los grandes músicos de la región, hay una pregunta que aparece inevitablemente: ¿qué queda después de Rada? La respuesta no está solamente en sus canciones, en sus discos o en las bandas que integró.

Está también en algo menos visible pero mucho más importante: en la posibilidad de que varias generaciones de músicos pudieran entender el candombe no como una música que debía conservarse intacta, sino como una tradición capaz de mezclarse con prácticamente todo lo que sucedía alrededor.

Rada fue uno de los grandes protagonistas de ese proceso. Desde muy joven estuvo vinculado al candombe y a la percusión, pero su carrera tomó un rumbo decisivo cuando comenzó a formar parte de la renovación musical uruguaya de los años 60.

Con El Kinto, junto a Eduardo Mateo, Urbano Moraes, Walter Cambón y otros músicos, participó de una búsqueda que terminó dando forma al llamado candombe beat: una combinación de ritmos afro-uruguayos con rock, beat, música brasileña y otras influencias que circulaban por aquellos años. Uruguay XXI, la agencia de promoción de inversiones y exportaciones de Uruguay, lo define justamente como uno de los precursores de la fusión del candombe con la música beat y el rock.

Lo importante es que aquello no fue simplemente una cuestión de arreglos musicales. El Kinto cambió la pregunta. En lugar de preguntarse cómo conservar el candombe en su forma tradicional, esos músicos empezaron a preguntarse qué podía hacerse con él dentro de la música que estaban escuchando en ese momento.

Los Beatles, el rock, la música brasileña, el jazz y los sonidos que llegaban desde Estados Unidos podían convivir con los tambores de Montevideo. Y Rada fue una de las personas que mejor entendió esa posibilidad.

Mick Jagger y Rubén Rada

Mick Jagger y Rubén Rada

El candombe dejó de ser una frontera

Rada no inventó solo ni de manera aislada esa transformación, y él mismo fue bastante cuidadoso cuando se le atribuía la creación del candombe beat. S

u nombre quedó asociado a El Kinto porque fue uno de sus principales intérpretes y porque después llevó esa búsqueda durante toda su carrera, pero el movimiento fue colectivo y tuvo en Eduardo Mateo a otra figura fundamental. La importancia de Rada estuvo también en que consiguió sacar aquella experimentación del terreno de la rareza musical y convertirla en una parte duradera de la música popular uruguaya.

Después de El Kinto llegó Tótem, otra etapa fundamental. La banda, activa entre 1970 y 1973, profundizó el cruce entre candombe, rock y música latina y se convirtió en una de las formaciones más importantes de la música joven uruguaya de aquellos años.

Más adelante, Rada participó de Opa, junto a Hugo y Osvaldo Fattoruso, y llevó todavía más lejos la relación entre el candombe, el jazz y la fusión. La propia trayectoria de Rada permite ver que aquello que había comenzado como una búsqueda en los años 60 no fue una etapa pasajera: fue el principio de una concepción musical que lo acompañó durante toda su vida.

Ahí aparece probablemente el legado más importante. Rada ayudó a que el candombe dejara de funcionar como una frontera musical. No porque haya dejado de ser una tradición con una historia específica, sino porque demostró que podía dialogar con otros lenguajes sin perder aquello que lo hacía reconocible. El resultado fue una música que podía ser uruguaya y, al mismo tiempo, perfectamente contemporánea.

Eso hoy parece mucho menos revolucionario de lo que fue. Estamos acostumbrados a escuchar discos donde conviven géneros, ritmos y tradiciones de distintos lugares. Pero cuando Rada empezó a hacerlo, esa libertad no estaba tan instalada. Su carrera ayudó a naturalizar la idea de que un músico uruguayo podía tomar elementos del rock, del funk, del jazz, de la música brasileña o del pop y hacerlos convivir con el candombe sin que el resultado dejara de ser propio.

Y esa influencia terminó desbordando a Uruguay. El Río de la Plata siempre fue una zona de intercambio musical, pero Rada fue uno de los grandes puentes entre Montevideo y Buenos Aires. Su vínculo con Argentina fue especialmente fuerte durante distintas etapas de su carrera y permitió que el candombe y la música uruguaya circularan por un público que ya estaba profundamente familiarizado con el rock argentino y con otras expresiones de la música popular local.

Una obra que no necesitó elegir entre sofisticación y popularidad

Hay otro aspecto de su legado que merece atención: Rada consiguió que una búsqueda musical muy sofisticada nunca le impidiera ser popular. No quedó encerrado en el circuito de músicos y especialistas. Podía trabajar con grandes instrumentistas, experimentar con estructuras y ritmos complejos y, al mismo tiempo, construir canciones que llegaban a públicos enormes.

Eso explica también por qué su obra atravesó generaciones y públicos tan diferentes. Rada fue capaz de pasar del candombe al funk, del jazz a la canción popular, del rock a la música infantil y de la experimentación a canciones extremadamente accesibles sin que ninguna de esas etapas pareciera una traición a las anteriores. Su identidad no estaba atada a un género específico sino a una manera de entender la música.

En una entrevista de 2023, cuando cumplió 80 años, lo explicó de una manera bastante directa: “Amo toda la música; es por eso que la gente demoró en entenderme”. La frase sirve para entender buena parte de su recorrido. Rada nunca tuvo demasiadas ganas de quedarse quieto dentro de una etiqueta.

Por eso también es difícil reducir su importancia a la categoría de "referente del candombe". Lo fue, por supuesto, y probablemente sea una de las figuras más importantes de su historia moderna. Pero Rada hizo algo más amplio: contribuyó a convertir una raíz musical en una herramienta para crear música nueva.

Ese mecanismo tuvo consecuencias que van mucho más allá de su propia obra. La música uruguaya posterior pudo incorporar candombe a distintos géneros con una naturalidad que habría sido mucho más difícil sin los músicos que, como Rada, hicieron ese trabajo varias décadas antes. El candombe pudo aparecer en el rock, en el jazz, en el pop, en la canción de autor y en propuestas mucho más experimentales sin que eso fuera necesariamente leído como una ruptura con la tradición.

Y ahí está la dimensión verdaderamente rioplatense de su legado. Rada no fue solamente un gran músico uruguayo que tuvo éxito en Argentina. Fue parte de una circulación cultural mucho más profunda entre ambas orillas, en la que el candombe, el tango, el rock, la murga y las distintas formas de canción popular fueron encontrándose y contaminándose mutuamente.

El propio Uruguay reconoce oficialmente esa dimensión de su trayectoria: Uruguay XXI lo presentó como un artista de vanguardia y como un precursor de la fusión del candombe con el beat y el rock, mientras que instituciones dedicadas a la historia de la música popular uruguaya ubican su recorrido desde sus primeros vínculos con el candombe hasta El Kinto, Tótem, Opa y su extensa etapa solista.

Por eso, cuando se habla de lo que Rubén Rada deja, quizás haya que evitar la tentación de hacer una lista de canciones, discos y premios. Todo eso forma parte de su historia, pero no explica por completo su influencia. Su aporte más grande fue ampliar lo que podía ser una música rioplatense.

Rada mostró que se podía partir de una tradición profundamente local y dialogar con sonidos que llegaban desde cualquier parte del mundo. Que se podía hacer música afro-uruguaya sin quedar atrapado en una reconstrucción del pasado. Que se podía ser moderno sin renunciar a una identidad. Y que la mezcla no necesariamente diluye una cultura: muchas veces puede hacer que se vuelva más reconocible.

Por eso su muerte no significa solamente la desaparición de un cantante, compositor y percusionista extraordinario. También marca el final de una de las figuras que mejor representaron una determinada manera de entender la música rioplatense durante más de medio siglo.

Y quizá por eso esa frase tenga hoy un sentido especial. “No quiero llanto ni penas” funciona casi como una declaración de principios para despedirlo: sin convertir a Rada en una estatua ni reducirlo a una postal del candombe, sino volviendo a sus discos, a El Kinto, a Tótem, a Opa, a sus canciones solistas y a todo lo que dejó abierto para los músicos que vinieron después.

Porque el legado más importante de Rada no está solamente en lo que hizo él, sino también en lo que habilitó. En todos los músicos que, después de escucharlo, entendieron que podían mezclar, cruzar, probar y salir de las etiquetas sin dejar de sonar a esta parte del mundo.

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