¿Son de fierro?

Espectáculos

En Gran Hermano, hombres y mujeres jóvenes franelean en una cama hasta el punto en que la carne es débil. Entonces se levantan, tan frescos, y se ponen a hablar de las nominaciones. Por favor, un sexólogo ahí.

¿Tendrán sangre en las venas los participantes de “Gran Hermano 2007”? ¿Padecen problemas hormonales? ¿Son personas de carne y hueso o gente puro hueso?  Es probable que vos también te lo preguntes al verlos calentar la pantalla de Telefé con sus continuas escenas de sexo inacabado.

No importa cuándo (dicen que en la casa, se pierde la noción del tiempo) ni dónde (tirados en los sillones, recostados en la alfombra, acostados en la cama), toda ocasión es buena para la franela. Las hay de distinto tipo y factor. Algunas se presentan bajo la forma de los masajes relajantes y se distribuyen con criterio socialista: a cada uno conforme a sus necesidades. Otras funcionan como premio y se rigen por las leyes del capitalismo: a cada uno según sus capacidades; allí salen ganando los nominados que  consiguen seguir participando. También hay besos y caricias ofrecidos como consuelo. En ese caso, para acceder al beneficio hay que encajar en determinadas categorías: ser nominado; tener la desgracia de haber estado a punto de hincarle el diente justo a la nominada que resulta expulsada; manifestar un gran temor a ser nominado o dar señales de sufrir un leve bajón anímico, sin importar cuál sea el motivo e incluso en el supuesto de que ese repentino ataque de tristeza se huérfano de causa. Tampoco faltan los toqueteos con pretensiones terapéuticas: a menudo, los arrumacos prodigados al primero que se les sienta al lado son una especie de analgésico contra el aburrimiento.

La intensidad de la franela es variopinta: piquitos juguetones, lengüetazos hot, mimos estacionados a mitad de camino entre la ternura y el deseo sexual en estado puro, abrazos de camaradería y manos afiebradas que se aferran a un par de glúteos firmes con desesperación de náufrago.

En verdad, lo que me asombra no es que se toquen sino cuándo y cómo dejan de hacerlo. Que se calienten, puedo explicármelo: son hombres y mujeres jóvenes puestos a convivir en una casa donde pasan los días y las noches ligeros de ropas, sin obligaciones, con la ambición de hacerse famosos y la plena conciencia de que en la tele, las escenas del alto contenido erótico, generan rating. Pero lo que no consigo entender es que un hombre y una mujer _Agustín y la expulsada Claudia, Silvina y Pablo, Melisa y Gabriel_ se metan, semidesnudos, en una cama, se recorran mutuamente con sus lenguas y sus manos, entreveren sus piernas y sus entrepiernas hasta la frontera donde la carne suele ser débil, y que al llegar a las instancias donde la mayoría de los mortales ya no tendríamos retorno, se duerman, plácidos como fetos, o que se levanten de golpe y en el trayecto de la cama al living, se pongan a hablar de las nominaciones o a jugar a la guerra de las almohadas, frescos como lechugas.

Es cierto, muchos de ellos son estudiantes de teatro. Pero, ¿qué quieren que les diga? Sometidos a ese nivel de calentura en función continuada, el actor más pintado tiraría el profesionalismo por la borda y la actriz más experta sucumbiría a los bajos instintos. A riesgo de equivocarme, apuesto: metido en sus zapatos, Jack Nicholson no hubiera tenido la sangre fría que demostró Pablo en el dormitorio de Gran Hermano. Repasemos la escena: tras incontables días de histeriqueo con la profe Silvina, los dos se tiran en una cama _él con el torso desnudo; ella, con ropas de verano_ y se dedican a escalar la montaña del placer. Él prueba con un beso y ella le come la boca; él le mete una pierna en la entrepierna y ella le da luz verde; él se le trepa encima y ambos coinciden en un vaivén de caderas, infartante. La temperatura sube. A cualquiera de nosotros, a qué negarlo, a esa altura nos saltaría la térmica y no habría cámara de televisión ni Gran Hermano capaz de detener nuestro deseo de llegar a la cima. Silvina, en cambio, frena en seco. Y apenas ella pide gancho, él se incorpora y cita al célebre Mostaza Merlo: “Paso a paso, ¿no?”, le pregunta, con la serenidad de un buda.

Si el muchacho está actuando, deberían darle el Oscar. Y la estatuilla sería apenas una discreta atención frente a la grandeza de su despliegue histriónico. Más aún, Pablo merece que al salir de la casa lo contraten como guionista de comedia: ni el más desopilante de los autores se atrevería a apagar tanto fuego con una frase botinera.

¿Y si los habitantes de la casa no estuvieran tratando de demostrar sus dotes interpretativas cuando suben por los cielos del sexo y aterrizan, de pronto, sin carreteo previo? De ser así, por favor, convoquen a un simposio de endocrinólogos para que les chequeen las hormonas.

Una cosa es segura: tras semejante entrenamiento, cuando abandonen la casa, los varones de Gran Hermano estarán a punto de caramelo para la práctica del sexo tántrico, ése de larga duración con el que sueñan las mujeres.

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