Crisis en Paraguay: los problemas de fondo que ya golpeaban al país antes del escándalo bancario
La informalidad laboral, las dificultades para acceder a la salud, las brechas entre las ciudades y el interior y los bajos resultados educativos exponen las deudas sociales de un país que crece, aunque todavía no consigue traducir ese progreso en bienestar para toda su población.
Paraguay tiene grandes problemas estructurales más allá de la estabilidad macroeconómica que tenía
La crisis financiera desatada por la intervención de ueno bank terminó de sacudir el escenario político de Paraguay y tuvo una consecuencia inédita: el presidente Santiago Peña presentó su renuncia este jueves, en medio de las tensiones políticas y de un proceso de juicio político que avanzaba en el Congreso. La entidad, que llegó a captar a millones de clientes, quedó bajo intervención después de que el Banco Central detectara graves problemas de solvencia. El episodio expuso presuntos conflictos de intereses y abrió una crisis institucional que ahora deberá afrontar el vicepresidente Pedro Alliana.
Pero el estallido financiero no explica por sí solo las dificultades que atraviesa el país. Paraguay suele aparecer en las conversaciones económicas regionales como un caso para mirar de cerca: crecimiento, estabilidad macroeconómica, una presión tributaria relativamente baja y condiciones favorables para determinadas actividades productivas alimentaron durante años la idea de un país con potencial para convertirse en una de las historias de éxito de América del Sur.
Hay, sin embargo, una pregunta que esos números no siempre responden: ¿cuánto de ese desempeño llega efectivamente a la vida cotidiana de los paraguayos?
Los últimos indicadores oficiales muestran un panorama con matices. La pobreza monetaria registró una reducción importante durante 2025, pero persisten brechas territoriales profundas. La informalidad laboral continúa alcanzando a seis de cada diez trabajadores, el acceso a la salud presenta limitaciones y los resultados educativos más recientes encendieron nuevas señales de alerta. El desafío consiste en transformar el crecimiento económico en mejores condiciones de vida para una porción más amplia de la población.
El empleo informal, una puerta de entrada a la precariedad
Uno de los principales problemas estructurales está en el mercado laboral. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística (INE), el 60,1% de los trabajadores paraguayos se encontraba en situación de informalidad durante 2025: aproximadamente 1,66 millones de personas. El fenómeno es todavía más marcado en las zonas rurales, donde alcanza a alrededor de siete de cada diez trabajadores no agropecuarios.
La informalidad también afecta especialmente a los jóvenes: entre las personas ocupadas de 15 a 19 años, la tasa llegó al 89,4%. En términos concretos, significa que una parte importante de la población trabaja sin aportes jubilatorios ni las garantías asociadas al empleo registrado.
El problema excede lo administrativo: implica ingresos más inestables, menor protección frente a enfermedades o accidentes y dificultades para proyectar el futuro. Así, el crecimiento económico convive con un mercado laboral en el que la mayoría de los trabajadores todavía no cuenta con condiciones de empleo plenamente formales.
La salud pública
El acceso a la atención médica es otro de los desafíos. Según los datos del INE correspondientes a 2025, el 68,2% de las personas que estuvieron enfermas o sufrieron un accidente consultó en un establecimiento de salud. Además, apenas el 31% de la población paraguaya contaba con algún seguro médico.
La brecha territorial vuelve a ser significativa: la cobertura alcanzaba al 36,3% de los habitantes urbanos, pero apenas al 17,8% de quienes vivían en zonas rurales. Para casi siete de cada diez paraguayos, la atención depende de la capacidad de respuesta del sistema público y de las posibilidades concretas de acceder a sus servicios.
Las distancias, las demoras y los gastos en medicamentos o tratamientos pueden convertirse en barreras. La existencia de hospitales y centros de salud no garantiza, por sí sola, que todos los habitantes reciban la misma atención.
La pobreza bajó, pero la brecha territorial persiste
La última medición del INE muestra una mejora: la pobreza monetaria se ubicó en el 16% de la población durante 2025, frente al 19,6% registrado en 2024. Sin embargo, el indicador sigue mostrando diferencias importantes según el lugar de residencia: alcanzó al 22,1% de la población rural, contra el 13,6% de la urbana.
La pobreza extrema también disminuyó, hasta ubicarse en el 2,4% a nivel nacional. Pero en las zonas rurales llegó al 5,5%, más de cuatro veces el 1,2% registrado en las ciudades.
La medición multidimensional permite completar el diagnóstico. Este indicador contempla carencias vinculadas con el trabajo, la vivienda, los servicios, la salud y la educación, además de los ingresos. En 2025 alcanzó al 13,5% de la población, aunque la incidencia rural trepó al 30,3%, frente al 6,8% urbano.
La reducción de la pobreza monetaria constituye un avance concreto, pero no elimina las desigualdades en el acceso a servicios básicos, infraestructura y oportunidades. Para una parte de la población, el lugar donde vive todavía condiciona buena parte de sus posibilidades de progreso.
Educación: una señal de alarma para el futuro
Los resultados más recientes de las pruebas PISA, correspondientes a 2025 y publicados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en septiembre de 2026, dejaron cifras preocupantes. En Paraguay, apenas el 10% de los estudiantes de 15 años alcanzó el nivel mínimo de competencia en matemática. En lectura y ciencias, la proporción fue del 24% en ambos casos.
La desigualdad también aparece en las condiciones socioeconómicas: los estudiantes de hogares más favorecidos superaron por 72 puntos en ciencias a los de los sectores más vulnerables. A nivel nacional, el promedio de escolaridad de la población de 15 años o más fue de 10,2 años, aunque llegó a 11 en las zonas urbanas y apenas a 8,3 en las rurales.
El problema tiene consecuencias que van más allá del presente. En un mundo atravesado por la inteligencia artificial, la automatización y los cambios tecnológicos, la formación será cada vez más determinante para generar empleos de mayor productividad y aprovechar las oportunidades económicas. Sin mejoras sostenidas en el sistema educativo, Paraguay corre el riesgo de llegar tarde a esa transformación.
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