La vida de una cantante argentina varada en un crucero por el coronavirus: "No hay opción de huida"
Mientras navega a la deriva entre Cuba y Estados Unidos, Florencia Nápoli contó a minutouno.com cómo es su vida en el barco en medio de la pandemia de coronavirus y la prohibición de subirse a un vuelo de repatriados.
Florencia Nápoli es argentina, cantante y tenía contrato para cantar en el crucero hasta el 26 de abril, cuando la sorprendió la pandemia

Sin opción de huida. Así pasa sus días una argentina varada en un crucero que navega a la deriva por las aguas del Atlántico Norte desde que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, restringió los pasajes aéreos para tripulantes que llegaran al país, a raíz del brote de la pandemia de coronavirus.
Florencia Nápoli es cantante y, con la oportunidad de trabajar, crecer en su profesión y vivir una experiencia diferente, el 7 de octubre de 2019 se embarcó en un crucero con mil tripulantes y dos mil pasajeros donde brindaba sus shows. El barco realizaba viajes con una duración cinco días a Bahamas, Jamaica, República Dominicana y Cozumel. Por la pandemia ahora solo navegan entre Miami y Cuba, despacio, dando vueltas entre ocho y diez días hasta que regresan al puerto.
“Cuando recién se hablaba del coronavirus todavía teníamos pasajeros y empezaron a restringir ciertas áreas: no podíamos compartir la vajilla y nos prohibieron el acceso a sitios de comida y zona de huéspedes”, cuenta Florencia a minutouno.com. Sin embargo, toda actividad se frenó el 13 de marzo, cuando restringieron la subida de pasajeros a causa de la pandemia.
El crucero se fue vaciando y quedan 500 varados, todos tripulantes. Además de Florencia hay otro argentino oriundo de Córdoba, y personas de Colombia, Venezuela, México, Sudáfrica, India, Filipinas y Reino Unido.
Ante la prohibición de embarcar en vuelos comerciales, la única opción para regresar es con vuelos chárter, lo cual, sumado a que el barco no se encuentra en tierra, hay listas de espera y son pocos los ciudadanos de cada país, resulta casi imposible estén o no cerradas las fronteras de destino.
“La última vez bajaron a 150 personas que iban a Indonesia y Filipinas. Pero este último vuelo se canceló y los enviaron a otro barco donde están encerrados en sus cabinas. Eso es desolador, es el peor panorama”, cuenta.
En cuanto al ánimo, “cada uno lidia con su situación como puede”, expresa Florencia en diálogo con este portal. El acceso a Internet le permite mantener contacto a diario con su familia, algo que la ayuda a sentirse “más cerca” de casa. Sin embarco, admite que “el cimbronazo del principio fue lo más duro": "Me afectó cuando bajaron a la gran mayoría mis compañeros a la semana que dejaron de subir pasajeros. Eran mis amigos, mi banda, mis jefes, estos meses fueron mi familia”.
La vida dentro del barco ahora se lleva a cabo con todas las medidas de higiene necesarias: “Tenemos disponible el centro médico, comida, agua. Nos toman la temperatura todos los días, una persona controla que nos lavemos las manos antes de comer, no podemos tocar los platos, nos sirven la comida. Tenemos que sentarnos a comer de a dos o cuatro, con dos metros de distancia. Cada mesa tiene un cartel que señala donde te podés sentar y donde no”, detalla. Lo mismo sucede para usar los ascensores o hacer las compras.
“Yo paso por distintos estados de ánimo pero estoy bien, me siento cuidada, la empresa se portó muy bien conmigo. Tengo todo lo que necesito y puedo salir de mi cabina”, cuenta Florencia, para quien, incluso en la situación que se encuentra, la preocupación se centra en lo global.
“La situación mundial con la pandemia es muy fuerte, es algo muy grande lo que está pasando. Desde lo individual, cada uno ve cómo resolver la situación en la que los encontró la pandemia. Es algo que nos paralizó, nos puso a todos en un lugar de incertidumbre e inmovilidad total. No hay opción de huida. Eso es lo más difícil con lo que estamos lidiando”, expresa.
El idioma unió a los pocos tripulantes latinoamericanos que quedan en el crucero e intentan pasar sus días entre charlas y música. “Es algo que me salva, le pongo mucho tiempo a eso y me abstrae un poco de lo que pasa, de pensar cuándo y cómo voy a volver, porque son pensamientos que no tienen respuesta”, cuenta Florencia, quien usa la música como catarsis y admite que la experiencia la ayuda a componer.
Por el momento, sin saber cuándo ni cómo podrá volver a Argentina, Florencia se concentra en planificar todo lo que, como muchos ciudadanos varados alrededor de mundo, tenía pensado llevar a cabo y tuvo que posponer por la pandemia. Optimista, concluye: “No dejo de pensar en cosas para hacer cuando la situación se calme y pueda volver a mi país”.
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