Justo cuando una enorme cacerola de agua hirviendo parecía su último destino, el dueño de un restaurante japonés de Nueva York se apiadó de una langosta de 140 años a la que tenía pensado cocinar, pero que finalmente terminará su vida en el mar y libre.
El crustáceo, que muy simpáticamente llaman Craig, estaba en exhibición en la vidriera del restaurante Halu, y ahora espera su traslado a la ciudad de Maine, donde será liberada.
“Felicitaciones a Halu por permitir que Craig viva el resto de sus días en su hábitat nativo”, afirmó Ingrid Newkirk, presidente de la asociación Gente para un Tratamiento Ético de los Animales (PETA, por sus signas en inglés).
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Esa asociación realiza una lucha para que las langostas no sean cocinadas vivas en agua hirviendo en los restaurantes.
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Según Jaren Horsley, un zoólogo especialista en invertebrados, esos animales poseen un “sistema nervioso sofisticado” y siente “un enorme dolor” al ser cocinadas con vida.
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