América convulsionada rechaza el proyecto conservador

15 de noviembre de 2019

Por Juan Carlos Junio. Secretario General del Partido Solidario. Director del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”.

Con el golpe dictatorial al presidente Evo Morales ya no quedan dudas que América Latina está transitando una secuencia de destituciones y proscripción de sus gobiernos populares inspirada por Estados Unidos y las corporaciones locales, deseosos de volver a implantar la arcaica Doctrina Monroe de “América para los norteamericanos”. Primero fue Lugo en Paraguay, luego Dilma y Lula en Brasil. A ello hay que sumar las persecuciones a Rafael Correa en Ecuador y a Cristina Fernández de Kirchner en la Argentina. Y obviamente fenómenos antidemocráticos y violentos como la grotesca autoproclamación del presidente Guaidó en Venezuela, inmediatamente reconocido por EEUU y Brasil, todo lo cual pone en evidencia la presencia de un poder destituyente en nuestro continente. El elemento común es que se tratan de gobiernos democráticos que han ensayado un camino popular alternativo al exigido por los Estados Unidos.

¿Por qué Bolivia? Entre todos los gobiernos populares que se erigieron durante los años 2000 en el continente, la Bolivia de Evo era el caso más paradigmático. Había logrado representación popular indígena (el 67% de su población), constituyendo un Estado Plurinacional, junto con una economía que recuperó sus riquezas naturales y generó mejoras de enorme trascendencia para la vida de la mayoría de su pueblo. Durante su gestión tuvo lugar un crecimiento sostenido del PBI, una tasa de desocupación en torno al 4%, y una inflación de las más bajas de la región. Tal era el virtuosismo de la gestión del binomio Evo-Linera que hasta los neoliberales argentinos lo citaban como ejemplo insospechado, incluyendo que Bolivia conseguía colocar deuda internacional a una tasa bajísima, a pesar de haber sido un país que llevó a cabo la expropiación de la principal empresa de hidrocarburos. Y quizás lo más importante en términos sociales: el gobierno del M.A.S. bajó la pobreza del 35% al 15%. Como sabemos, en la Argentina, Macri concluirá su mandato con un nivel cercano al 40%.

Paradójicamente, esos grandes avances sociales transformaron a Bolivia en un ejemplo inoportuno para América Latina. Posiblemente el triunfo de Alberto Fernández en la Argentina y las manifestaciones multitudinarias contra el Chile de Piñera alarmaron a los halcones de Estados Unidos. Sobre todo después de la emergencia del grupo de Puebla uniendo al norte y sur del continente en un nuevo proyecto latinoamericanista. Ello pudo haber desencadenado la decisión de plasmar el golpe en Bolivia. Aquí resulta inevitable traer de la historia la guerra contra Paraguay, conocida como “la triple alianza”, que quedó en la memoria como la “triple infamia”. El Brasil de Bolsonaro lidera los designios de la potencia imperial de nuestra época: Estados Unidos; seguidos por una Argentina cómplice: Mitre entonces y Macri ahora. Se unen otra vez para sofocar una experiencia ejemplar de desarrollo económico autónomo como hicieron en el siglo XIX con el Paraguay.

La felicitación impúdica de Donald Trump a los militares golpistas y el posterior reconocimiento de Jeanine Áñez -la autoproclamada presidenta de Bolivia-, desnuda el rol activo de la diplomacia trumpiana en el asalto a la democracia del país hermano. Junto a ello, la OEA continúa desempeñando un rol deleznable, primero legitimando el golpe con su veredicto sobre los escrutinios, posteriormente llamándose a silencio, coronando su papel sub-colonial, diciendo que fue un auto golpe de Evo Morales. Resulta evidente que estamos padeciendo las consecuencias de no contar con la UNASUR y CELAC.

Pero hay otra lectura que se debe realizar: la región va perdiendo uno de sus mayores atributos políticos que la diferenciaban del resto del mundo: ser un continente en paz. Dudosamente pueda preverse un impulso al crecimiento en la región con tal inestabilidad política signada por la abolición del Estado de derecho. Pero sobre todo, lo que está en disputa es el proyecto político continental para América Latina y la ambición de las grandes potencias por controlar nuestras riquezas naturales y las posiciones geopolíticas estratégicas ante un eventual recrudecimiento de las tensiones con China y Rusia.

Nos acercamos a un acontecimiento de enorme trascendencia para toda América: el 10 de diciembre en nuestro gran país, asumirá un gobierno popular fuertemente imbuido de un espíritu americanista. En ese crucial momento, nuestro continente será interpelado por el grito de Evo: “las oligarquías no aceptan que un indio y su equipo, puedan cambiar el país”. Sin embargo, allí recibirá la solidaridad de toda la América progresista y democrática.

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