A tres años de Cromañón, la crónica de una masacre evitable

Sociedad


  • Desde la revista especializada "Soy Rock", llegaba información acerca de la cantidad de gente que asistía a Cromañón y de las bengalas que allí se arrojaban.
  • Todos lo sabían, menos los funcionarios del Gobierno de la Ciudad que deberían haberse encargado de comparar la cifra publicada por el mensuario especializado, con la real capacidad de ingreso que debía registrar la habilitación municipal

 


A principios del 2004, la revista especializada “Soy Rock”  (15.000 ejemplares), anunciaba con bombos y platillos la apertura de un nuevo templo rockero en la zona de Once: República Cromañón. La noticia relevante que destacaba el mensuario era la cantidad de espectadores que soportaba el nuevo emprendimiento de Omar Chabán: más de 4500 personas.



“Soy Rock” insistió en esa información pues lo que escaseaba en Buenos Aires eran lugares capaces de albergar concurrencias de mediano porte. Para las bandas pequeñas (500 personas aproximadamente), había sitios alternativos varios. Grupos que convocasen a seguidores de 5000 personas para arriba, alojaban sus shows en mini estadios y en el templo de Obras. Para los megaeventos, River Plate era la Meca de todo rockero local.



Se recordaba que Cromañón fue inaugurado como local de recitales promediando los `90, cuando se llamó “El Reventón” y una noche el ídolo bailantero Rodrigo Bueno llegó a meter casi 8000 espectadores en una sola jornada.



En la revista "Soy Rock" se anunciaba que el local recibía a más de 4500 personas y que en los recitales se tiraban benglas. Nadie del Estado se dio cuenta del peligro latente.    


La pregunta obvia que nace en el borde de la información publicada por “Soy Rock”: ¿Ningún funcionario del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires se dio a la tarea de comparar la cifra publicada por el mensuario especializado, con la real capacidad de ingreso que debía registrar la habilitación municipal? ¿Nadie se dio cuenta de que se estaba anunciando un estadio con cuatro veces más capacidad que la autorizada oficialmente?



O los funcionarios estaban mirando otro canal... o Cromañón estaba destinado a ser el típico espacio público en el cual el poder hace la vista gorda frente a las irregularidades flagrantes.

Durante todo el año 2004, el periodista Pablo Mileo cubrió los recitales en “Cromañón” para “Soy Rock”,  y junto con el comentario de cada espectáculo hacía alusión a la cantidad de público asistente y al número de bengalas que se arrojaban. Habían volado fuegos artificiales cuando tocó “Bersuit Vergarabat”,  “Pier” y aún en otros recitales de “Callejeros”, y todas las demás bandas que subieron al nuevo escenario rockero del Once.



El único grupo que, según Pablo Mileo jamás utilizó bengalas, fue “Miranda”, una banda puro glamour que sin embargo nació y se desarrolló en los entresijos del under que gerenciaba Chabán.



El único grupo que, según Pablo Mileo, el periodista que cubría los recitales de Cromañón para "Soy Rock",  jamás utilizó bengalas, fue “Miranda”,     


Todo el mundo del rock leía estos informes, conscientes de que en el escenario de “Cromañón” podía estar gestándose una movida similar a la que promediando los 80 dio lugar al nacimiento, en “Cemento”, de bandas míticas como “Los Redonditos de Ricota” o “Soda Stereo”.  Los únicos que parecían no estar enterados de lo que ocurría en este nuevo circuito rockero eran los funcionarios que deberían haber supervisado que el local de Once estuviese en condiciones de funcionar de acuerdo a las normas de seguridad vigente.



A todo esto, la banda “Callejeros” se arrogaba el liderazgo de arrojar bengalas por doquier en cuanto espectáculo ofreciera. En los lugares abiertos, los fuegos artificiales formaron parte identificatoria del rock nacional..., pero en locales cerrados cualquier mínimo sentido común indica lo peligroso y tóxico que resultan desde los fuegos que desprende la pirotecnia hasta el humo que se inhala y no alcanza a dispersarse.



Tampoco la dedicación de “Callejeros” a manifestar su condición de bengaleros en extremo fue observada por funcionario público alguno... Seguían viendo otro canal.



 Pero un pibe que arroja fuegos artificiales en un recital de rock no es consciente de los daños que puede producir. El chico se obnubila por el ambiente, y en su misma conciencia de joven nace esa omnipotencia que le hace creer que nada  grave le puede pasar, por el solo hecho de ser adolescente.


 


    Tampoco la dedicación de “Callejeros” a manifestar su condición de bengaleros en extremo fue observada por funcionario público alguno.

Para subsanar esa carencia de responsabilidad están –supuestamente- los organismos de control del Estado. Pero en la época de la Argentina-Cromañón, el Estado tambien estaba ausente con aviso y la tragedia rondaba, y sigue rondando, cada ámbito público de la República.

Los 194 muertos iniciales, quienes murieron después y posiblemente no se tenga registro de ellos pues el humo tóxico inhalado los puede haber matado en cualquier lugar y circunstancia mucho tiempo después de aquel fatídico 30 de diciembre, los suicidados, los traumatizados de por vida y las vivos-muertos familiares de los pibes caídos en Cromañón se siguen preguntando... ¿dónde estaba el Estado cuando se anunció a diestra y siniestra los prolegómenos de una catástrofe anunciada?

En el expediente judicial figuran los recortes de la revista “Soy Rock” anunciado la capacidad que se colmaba semanalmente en el templo rockero de Omar Chabán. La justicia nunca le preguntó a funcionario alguno si conoció esa publicación que mes a mes daba cuenta de límites vulnerados y seguridad antiincendios burlada por todos.

En nuestra próxima entrega, Omar Chabán, el empresario que odiaba al público.

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