Cuando la felicidad del hombre pasa por un gol de su equipo

Sociedad

*A muchas personas el resultado de un partido les define el humor del resto del día y hasta de la semana.
*minutouno.com habló con los protagonistas de la historia.

En la película argentina "El hincha" (1951), un desaforado Enrique Santos Discepolo decia: "¿Y para qué trabaja uno si no es para ir los domingos y romperse los pulmones a las tribunas hinchando por un ideal? ¿O es que eso no vale nada? ¿Que sería del fútbol sin el hincha? El hincha es todo en la vida..."


 


En cambio, más de medio siglo mas tarde, el filósofo y sociólogo, amante del futbol y estudioso del tema, Pablo Alabarces, afirmó al semanario Perfil que el futbol es un juego de farsantes, y sentenció: "Cuando sumás todo, esto te da un cuadro absolutamente infame del cual tampoco se salvan demasiado los hinchas. Porque dejando de lado a los barrabravas, uno se encuentra con que, además de esos 300 barras, hay un primer círculo de hinchas militantes que participan en los hechos de violencia con corazón y con pasión, y otro círculo más grande de 10 mil tipos que aplauden entusiastas. No se salva nadie".


 


En ese contexto, el del tablón, ver a un hombre llorar no es tan difícil como se cree. Basta con ir a una cancha de fútbol y  mirar la tribuna del equipo vencido. La realidad indica que a muchas personas les cambia el estado de ánimo en función de un resultado de manera tal que afecta todas sus relaciones sociales no sólo apenas termina el partido, sino, incluso durante la semana entera.

“Me define el resto del día y probablemente un par de días más. Además, asumo que también influye en buena parte de las relaciones que tengo con la gente que me rodea. Si gana estoy contento y me pongo más tolerante y me divierto. Y si pierde me malhumoro y cualquier cosa me molesta”, cuenta Alfredo (37), que afirma que si su equipo sale triunfal y estaba peleado con su pareja,  suele arreglarse.

Para el  psiquiatra Pablo Wizerberg “el fanatismo termina siendo una adicción. Mucho más sana que una droga, pero una adicción”. El especialista sostuvo que el tomar posesión del equipo, hacer del partido su único discurso, estar esperando el próximo juego para la revancha, irritarse ante cualquier situación y acomodar el estado de ánimo a un partido no es sano ni para ellos ni para su entorno, ya que “estar tan pendiente de eso no es bueno psicológicamente porque anula otros espacios de creatividad y genera un clima tenso”.

Para Cristian (27) que su equipo pierda “es una depresión que hay que tratar de superar con algo. Me busco algo que me haga olvidar aunque sea un rato. Pero la verdad es que nada puede tapar ese día. Lo peor es el lunes que sé que va a salir la derrota en los diarios y con eso la gastada de tus compañeros”.

Leonor (71) -que cada vez que juega su equipo se aísla en un sector de la casa con el televisor sin volumen y la radio a todo lo que da- sostiene que "si el equipo pierde no voy a la mesa para compartir la cena familiar porque me agarro unas rabietas tan grandes que no me pasa ni el agua".

A su vez, Wizerberg sostuvo que este tipo de dependencias en la que el mundo gira alrededor de un partido puede generar violencia tanto física como psicológica: “Romper una silla, una butaca, agredir al referí son acciones posibles que se desatan por la euforia. Pero el pedir, cuando uno llega a la casa, que no le hablen o gritar a los demás, también es violencia”.

Cristian  que pasó un domingo “oscuro y lamentable” porque su equipo resultó vencido, contó que rompió sillas y vidrios por la ira que le provocó perder un partido y no sólo eso: “También lloré mil veces por la depresión. Todas las novias que tuve entendían eso y si sabían que había perdido no me hablaban porque yo iba a estar de mal humor”,.

El periodista deportivo Gustavo López contó que el fervor que se observa en la cancha llega hasta el punto de que los hinchas les reclamen a ellos lo que no pueden con el árbitro: “Se dan vuelta, miran a la cabina en la que estamos los periodistas y nos gritan para que digamos que algo no fue un foul. Se desesperan por escuchar lo que ellos quieren”. A su vez, agregó que “cuando ganan te piden autógrafos, fotos y te aman. Cuando pierden, te putean y te insultan. Pasan del amor al odio según el resultado”.

A otros, sin embargo, no les es tan definitorio el que su equipo gane o pierda y buscan en el juego un espectáculo para ver, pasar un rato y distenderse.

“A mi no me cambia la vida si gana o pierde. Yo voy lo veo, me gusta o no me gusta. Después me tomo algo con los chicos, discutimos del partido y ahí se acabo todo”, expresó  Ezequiel (28).

Adrián (23) es otro a quien el resultado no le cambia la semana: “Todo depende del partido. Si es un clásico por ahí me pongo un poco ansioso. Pero si un equipo que no conoce nadie le gana a mi equipo ahí si me molesto. Igual no me lo tomo tan a pecho como otros”.

Para Wizerberg no hay que confundir el disfrute con el fanatismo: “Se trata de pasarla bien y divertirse. Es lindo que se siga a un equipo de generación en generación y está bien alegrarse cuando gana y entristecerse cuando pierde. Pero eso tiene que durar cuanto mucho media hora y después volver a lo que es importante”.

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