Divorciarse a los 50
* Son matrimonios que rompen su vínculo después de 25 años de casados.
* En la mayoría de los casos no encuentran cómo redescubrirse una vez que sus hijos abandonan el hogar.
* Opinión a minutouno.com de una especialista en familia y personas que están afrontando esa situación.
Lejos quedaron los tiempos en que los matrimonios eran para siempre. Y cuando eso no ocurre, generalmente las separaciones se producen en los primeros años de vida de la nueva pareja. Pero no todos descubren tan pronto que su media naranja no es la persona con la que desean pasar el resto de sus vidas. Ellos son adultos de entre 50 y 60 años que llevan más de 25 años de casados, pero que en algún momento –cuando sus hijos ya son independientes- deciden divorciarse de sus parejas para darse una nueva oportunidad de encontrar la felicidad que por alguna razón dejaron de gozar.
“En esos momentos hay mujeres que dependen en lo económico del sostén de su marido y participan más en la crianza de los hijos. Hay una división de roles demasiados fijos y muchos se olvidan de la pareja hombre-mujer”, dijo a minutouno.com.
Los hijos dicen "chau"
La tercera etapa es el período en que los hijos ya son grandes y se vuelven independientes. Muchos trabajan y estudian y algunos abandonan su casa para irse a vivir solos o en pareja.
Estas situaciones hacen que sus padres tengan que renovar su proyecto matrimonial, el llamado “contrato inconsciente de amor”. Para esas parejas queda un espacio vacío que antes lo ocupaban los hijos y que si bien podrían llenarse con la llegada de los nietos, la pareja deberá recontratar el proyecto común. “Estamos viviendo solos, ¿qué hacemos?” es la pregunta que deberían hacerse, según Pose.
Para la psicoanalista, esta etapa es ideal para poder cumplir sueños y, según su experiencia sobre los adultos que atendió en su consultorio, las personas que pudieron mantener la comunicación, el amor y la confianza podrán permitirle a su cónyuge que desarrolle un propio espacio personal, ya que cada uno necesite su propia independencia.
Nada de esto le ocurrió a Carmen Angelelli (54 años), que se separó hace un año de su marido, luego de 25 años de casada y padre de su hija de 23. En el caso de Carmen, fue su propia hija la que le hizo entender que no podía seguir manteniendo en su casa a su papá que no trabajaba. “Ella ya es grande, independiente, estudia, trabaja y tiene novio. Hace su vida y hasta me ayudó a tomar esta determinación”, expresó Angelelli y agregó que su hija “se dio cuenta de lo mal que se estaba viviendo en la casa. A ella le ponía muy mal verme a mi tan triste y estaba mal con su papá".
La rutina y el aburrimiento
Para los especialistas, cuando los hijos abandonan la casa de sus padres debe surgir un espacio para realizar cosas que antes no pudieron hacer, como actividades artísticas, estudiar un idioma, trabajar en algo que le guste, y hasta salir con sus amistades sin la presencia de la pareja. Pero para esto último es necesaria la confianza en la relación.
En cambio, cuando en una pareja los caminos fueron distintos porque uno creció mas que el otro en el ámbito profesional o personal se pueden producir quiebres y con ello los divorcios. Problemas sexuales, la rutina y el aburrimiento también son motivos para que una parezca adulta se rompa.
Algo de esto último le comenzó a suceder hace un tiempo a Felisa Boldrini (56), que se divorció hace tres años de su marido, luego de más de 20 de casados. "Mi ex esposo estaba con problemas depresivos, no quería salir de casa. No podíamos salir a tomar un café. El se quejaba todo el tiempo y así se debilitó toda nuestra relación", expresó Boldrini que con su ex tiene una hija que ahora tiene 25.
Pose destacó que para los chicos la separación de sus padres siempre es un “cimbronazo” pero, a diferencia de la niñez o la adolescencia, los adultos-jóvenes pasado un tiempo aceptan la decisión que toman sus padres.
”Vos dedicate a tu vida que yo hago la mía”, aludió la especialista emulando una posible reacción de esos jóvenes, que en muchas oportunidades se pueden ver preocupados por el destino de sus padres en el futuro - si es que no han formado una nueva pareja- con la posibilidad tener que cuidar de alguno de ellos en la vejez.
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