El antes y el después de un joven que recuperó su identidad

Sociedad


  • De adolescente, comenzó a sospechar que esa mujer que le había dado todo no era su verdadera madre.

 


Marcos Suárez tiene 31 años y recuperó su verdadera identidad hace uno cuando se convirtió en el nieto número 85 recuperado por las Abuelas de Plaza de Mayo. Había sido secuestrado cuando era un bebé de casi un año y lo llevaba en brazos su padre, Hugo Alberto Suárez, quien continúa desaparecido, al igual que su esposa, María Rosa Vedoya. minutouno.com dialogó con Marcos, a un año de recuperar su verdadera historia.

Marcos aún no descubrió cómo en diciembre de 1976 llegó a manos de América, una enfermera que lo anotó como hijo propio y lo crió hasta que murió, cuando él tenía 14 años. Luego quedó a cargo de una hermana de esta mujer, Norma, a la que consideraba su tía.


 


Cuando Gustavo se enteró que era Marcos



“De mi papá heredé la pasión por jugar a la pelota y de mi mamá el fanatismo por el Rock and Rall, las milanesas con papas fritas y eso de andar girando de un lado para otro con mucha gente”,     


De adolescente, Gustavo (el nombre que le había puesto América) comenzó a sospechar que esa mujer que le había dado todo no era su madre y cuando le preguntaba por sus fotos de bebé, le decía que estaban en un bolso que se había olvidado arriba de un colectivo. Sin embargo, en ese momento sintió que no estaba preparado para comenzar con la búsqueda de su verdadera identidad. “Tenía miedo por mi tía, por cómo lo iba a tomar”, expresó.

El año pasado este hombre que tiene dos hijos, Lucas (10) y Agustina (9), decidió visitar la sede de Abuelas para sacarse todas las dudas. Un psicólogo que lo atendió le preguntó si, frente a la ausencia del padre, la falta de fotos suyas de recién nacido y hasta su supuesto nacimiento en una casa —aun cuando su presunta madre trabajaba en un centro de salud— le gustaría hacerse un ADN para ver si podía estar relacionado con algún desaparecido. Cada vez faltaba menos para que Gustavo supiera que en realidad era Marcos.

En junio de 2006 se realizó una muestra de ADN y el 12 de septiembre lo llamaron para decirle que ya estaban los resultados. Esa tarde estaba cansado y decidió visitar Abuelas al día siguiente. El 13 de septiembre lo recibió una mujer, Claudia,  que conocía a sus padres ya que había militado junto a ellos en la Juventud Peronista (JP) y en Montoneros.


 


Yo a vos te conozco. Soy una de las últimas personas que te vio con tu padre el 8 de diciembre de de 1976. Hace 30 años que te estamos buscando con tu abuela”, le dijo aquel día.

Ese día el muchacho comenzó a aprender parte de su historia. Primero y principal que se llamaba Marcos y que había nacido el 20 de diciembre de 1975, y no el 2 de ese mes como figuraba en su partida de nacimiento.


"Sentí  que a la persona físicamente no la conocía pero ese abrazo me decía que yo ya había estado con ella", recordó el día en que se reencontró con su abuela.    


Claudia también le contó que sus padres se conocieron mientras compartían la militancia y las clases de medicina en la Universidad Nacional de La Plata. Que su padre era muy inteligente y que su madre era más "un tiro al aire". Además, se enteró de que ella había desaparecido en octubre de 1976 y que él y su padre habían sido secuestrados 10 días antes de cumplir un año.

El reencuentro con la abuela

Ni bien terminó de dialogar con aquella vieja amiga de sus padres, Marcos se reencontró con su abuela materna, Modesta, y se fundieron en un interminable abrazo. Y fue un reencuentro nomás, ya que lo primero que le contó a su nieto fue que en los últimos meses, él y sus padres se habían escondido en su casa ya que los perseguían los militares. Y su abuela era la que lo cuidaba.

Sentí que a la persona físicamente no la conocía pero ese abrazo me decía que yo ya había estado con ella, es algo muy loco. Estela Carlotto ( presidenta de Abuelas) dice que somos muy parecidos”, recordó.

En esa primera charla, que duró más de dos horas, Marcos se enteró que su padre era muy deportista y que jugó en Estudiantes de La Plata y que además practicaba esgrima y pelota paleta. En cambio, a su madre le encantaba reunirse con gente en su casa, situación que no le agradaba para nada a su abuela.

“De mi papá heredé la pasión por jugar a la pelota y de mi mamá el fanatismo por el rock, las milanesas con papas fritas y eso de andar girando de un lado para otro con mucha gente”, expresó con una pícara sonrisa.

Marcos comentó que aquella tarde, que comenzó a reconstruir su verdadera historia, fue acompañado por su hijo Lucas quien le preguntó, preocupado, si él también se iba a tener que camibar el nombre. “Lo único que te van a cambiar es el apellido”, le respondió la misma tarde. “Algunos amigos me dicen Tavo (por Gustavo) y yo no les digo nada porque nos conocemos desde chicos. Pero desde hace un año le digo a todo el mundo que me llamo Marcos”, agregó.


Marcos Suárez tiene 31 años y recuperó su verdadera identidad hace uno.  Había sido secuestrado cuando era un bebé de casi un año y lo llevaba en brazos su padre, Hugo Alberto Suárez, quien continúa desaparecido, al igual que su esposa, María Rosa Vedoya.     

Marcos actualmente está separado de la madre de sus hijos, trabaja en la Comisión Nacional para el Derecho a la Identidad (CONADI) y este año está cursando el último año de la escuela secundaria. Sin embargo, siempre encuentra algún momento para reunirse con su familia biológica.

“Con mi abuela y algunos de mis tíos nos juntamos una vez por mes a comer un asado o fideos en La Plata. Tomamos unos mates y charlamos un montón, nos estamos conociendo”, reconoció.

Por estos días, tiene como objetivo reconstruir la última semana desde que desapareció hasta que arribó al hospital. “No sé si estuve con algunos compañeros de mis viejos o con los milicos”, se pregunta casi todos los días. Por lo pronto, para su último cumpleaños realizó "un gran asado" en City Bell donde invitó a muchos de los viejos amigos de sus padres para descubir más cosas de sus viejos. Y esa noche todos los presentes se comprometieron en repetir el evento, al menos, una vez por año. 

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