Orgía consumista
¿Puede el ser humano dejar de consumir? ¿Nos mueve la carencia o el impulso por pagar menos? ¿Será que queremos tener cada vez más? El descuento en los supermercados del miércoles nos deja estas y otras preguntas.
En tiempos de posverdad, redes sociales, atención difusa y escasa interpretación de textos, abundan los prejuicios, los análisis apresurados y las etiquetas prefabricadas para nombrar sucesos. Hasta con un contenido viral basta para establecer una realidad y que la gran mayoría se convenza de que algo es de una u otra manera. Así pues ante hechos como la concurrencia masiva a los grandes centros de abastecimiento de la provincia de Buenos Aires para "aprovechar" el descuento del 50 por ciento en las compras, no han sido pocas las voces que se levantaron a catalogar lo ocurrido de manera tajante, obviando que con sus intenciones taxativas posiblemente no hacían más que reducir el acontecimiento a su propia perspectiva.
¿Por qué las personas colmaron supermercados? ¿Qué los movió a disponer de horas y horas para llenar un changuito? La trampa que encierran estas preguntas es que, por muy sencillas que parezcan, no son posibles de contestar de forma unívoca. Muchos de quienes han padecido una insoportable espera para poder comprar encontraron en la necesidad y la carencia los únicos motivos para agolparse ante las puertas de estos negocios; la posibilidad de acceder a determinados productos básicos a un costo menor del normal de los días no se les antojó como un capricho, sino como un bálsamo ante la inflación y la recesión.
¿Por qué una "filosofía de vida"? Porque determina conductas, hábitos e incluso valores morales. El consumo actual se basa en el modelo de acumulación, por lo que administramos nuestra vida en función de aquellas prácticas que nos lo permitan: trabajar más para tener más dinero, buscar las ofertas por doquier, viajar no por paseo sino para encontrar precios más bajos, adquirir productos en páginas web chinas... El sistema de acumulación es el que mueve la economía, comprar para desechar y volver a comprar es el ciclo que pretendemos natural de nuestra existencia.
De hecho, vemos en el consumo una cuestión sumamente existencial ya que depositamos sobre lo que tenemos, sobre nuestra pila de artículos acumulados la fe en que se transforme en un sostén, algo que nos da sensación de seguridad ante el vacío, la incertidumbre y el temor de muerte. Muchos de los carros que salían de las puertas de los supermercados el miércoles pasado estaban atiborrados de "por si las dudas", de "para ya ir teniendo". La humanidad ha establecido un vínculo con su consumo tan estrecho que llega a configurar una ficción de trascendencia: no sabemos el sentido de la vida, pero tenemos la certeza que lo que compramos nos pertenece hoy y, esperamos, en el futuro.
Sin embargo, aún cuando sea algo masivo, pretender explicar el fenómeno desde una sola perspectiva, o mismo como se está haciendo aquí, no deja de tener un sesgo reduccionista. ¿Por qué? Porque lo acontecido dice mucho más de lo que dice, habla de nuestra situación económica, de las necesidades de las personas, de las lógicas discursivas que imperan y, particularmente, del significado profundo que reviste en el presente el consumo para la existencia humana.
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