Freud resolvía en 45 minutos lo que sus discípulos no pueden solucionar en diez años
Una sola sesión de 45 minutos a la que acudió en el año 1936 con el "padre del psicoanálisis" bastó para "salvarla", afirmó la última paciente viva de Sigmund Freud, la vienesa Margarethe Lutz. Nada que ver con los años de terapia que se necesitan hoy, quién sabe si es por los cambios sociales que se dieron a lo largo de casi un siglo o a las necesidades personales. Una sola sesión resulta insatisfactoria. O acaso ¿alguien puede decir lo mismo que Lutz sobre su psicólogo?.
El padre consultó entonces al médico de cabecera, quien constató que la joven no padecía ninguna enfermedad física sino del "alma" y acordó una cita con un "médico de muy buena fama, pero muy caro", el doctor Freud que entonces ya era famoso, aunque la hija y su padre no habían oído hablar de él. La muchacha no comprendió entonces la importancia histórica de aquel encuentro.
Su padre estaba siempre ocupado y era muy riguroso con ella, le prohibía el contacto con jóvenes de su edad y la mantenía aislada con el fin de evitar que llegara a conocer a algún muchacho. "Nadie me hablaba", recuerda Margarethe.
A sus 89 años y viuda desde hace 17, ejerce todavía sus habilidades como escultora y pintora. Su último trabajo es un retrato en relieve de la Premio Nobel de la Paz Bertha von Suttner, que se colgará en las paredes de la residencia vienesa donde pasó la mayor parte de su vida. Además, visita regularmente a sus dos hijas, aunque una de ellas vive en California (EEUU) y la otra en Israel.
De la consulta con Freud, hace ya 71 años, ella se acuerda del famoso diván cubierto con una alfombra persa en el despacho, aunque no llegó a reposar en el tan conocido mueble, y mantiene también la imagen de muchos estantes llenos de libros y de objetos de excavaciones arqueológicas, que el padre del psicoanálisis coleccionaba.
Cuando el genial psiquiatra comenzó en tono amable a hacerle preguntas sobre su vida y sus ratos libres, el padre de la chica se apresuró a responder por ella.
Freud reaccionó con temple ante esta actitud invasiva del señor Lutz aunque le pidió de forma enérgica que lo dejara solo con su hija, algo que el industrial aceptó muy a su pesar.
Una vez a solas con Freud, Margarethe le contó que tenía malas notas en el colegio, que le gustaba representar piezas dramáticas, y que su padre iba al cine con ella pero la obligaba a abandonar la sala cuando en la pantalla se mostraban escenas amorosas.
La terapia del psiquiatra consistió en aconsejarle que, la próxima vez en el cine, se quedara sentada cuando se besaba una pareja en pantalla, que hiciera deporte, fuera a una escuela de baile y tuviera contacto con jóvenes de su edad.
Dado que el industrial tenía mucho respeto a la opinión de los médicos, y en las recomendaciones con las que llegó a Freud, aceptó esos consejos para su hija, que resultaron ser acertados, pues Margarethe llegó a emanciparse, conoció a su futuro marido y en 1938, a los 20 años, se casó.
Además, según reveló al semanario, "nunca necesitó un psicoanálisis ni una psicoterapia" y tampoco ha leído los libros de Freud, un genio de la Medicina que, ante la presión de los nazis y por su condición de judío, se vio obligado a exiliarse en Inglaterra donde fallecería dos años después.
Esta paciente fue descubierta por el semanario "Profil" hace unos días, pues hasta ahora se creía que el último paciente de Freud en morir fue Sergei Konstantinovitch Pankejeff, fallecido el 7 de mayo de 1979. Este hombre fue un aristócrata ruso cuyo caso fue conocido como "el hombre de los lobos" (der Wolfsmann).
Cuando Margarethe tuvo su encuentro con Freud, el padre del psicoanálisis ya había publicado sus obras principales:los "Tres ensayos para una teoría sexual", "La interpretación de los sueños" y "Tótem y tabú", entre otras. Sin embargo, a ella el profesor la impresionó simplemente como "un hombre viejo".
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