Los Mandalas, una posible solución para frenar la violencia entre los adolescente

Sociedad

La violencia escolar que se multiplica estos días contagiosamente dentro y fuera de las aulas,  resulta novedosa en la Argentina por ciertos rasgos desacostumbrados (una maestra golpeada por un alumno) e inauditos, como llevar armas a los colegios. Pero existen antecedentes en otros países y hasta métodos pedagógicos no tradicionales puestos en práctica para paliar los rasgos violentos de los alumnos desde edad temprana. Si la última encuesta señala que uno de cada cuatro chicos vio un arma en las aulas y uno de cada diez dice haber recibido amenazas de algún compañero, no hay que ser un gran estadista para darse cuenta que si el problema no se toma desde edad temprana, el futuro de la educación está mas cerca de las páginas policiales que de otra sección de los diarios. Algo así como el famoso...”Houston, estamos en problemas”.

En Francia ocurrían hechos similares a los de la Argentina hace casi dos décadas hasta que las autoridades educativas, con el consenso de los padres de alumnos (agrupados en la Federación de Padres de Alumnos, FCPE) decidieron  incorporar métodos suplementarios a los tradicionales para hacer frente a las dificultades de orden social, educativa y de conducta de los alumnos. En la actualidad, la violencia estudiantil que en años anteriores produjo varias muertes se redujo drásticamente, signo que muestra lo acertado en la implementación de nuevos conceptos pedagógicos. Hoy, mas de 9000 establecimientos utilizan en los niños conflictivos una actividad conocida como “colorear mandalas”.

¿Qué es esto de colorear mandalas? Los mandalas son figuras concéntricas (en sánscrito, significa círculo aunque hay quienes lo traducen como círculo mágico),  y aún cuando su origen se remonta a la India desde tiempos ancestrales, aparecieron vestigios del trabajo con mandalas en otras culturas, como los Aztecas,  Incas, indios navajos y en varias tribus de chamanes de América Central.

Los estudiosos del trabajo con mandalas sostienen que tanto la simple observación como el coloreado de las arabescos geométricos que se dibujan dentro de estas formas circulares, producen en las personas de cualquier edad un estado de armonía personal así como un descenso en  los niveles  de agresividad que presentan los seres que se someten a sus efectos terapéuticos. Uno de los motivos de esta transformación es que los llamados círculos mágicos ayudan a equilibrar los dos hemisferios cerebrales,

Los monjes budistas conmemoran desde sus primeros tiempos celebraciones especiales y expresiones de deseos (como lo hacen éstos días reclamando la liberación del Tibet) construyendo mandalas de arenilla pintada y los dejan expuestos al viento hasta que se deshagan totalmente.

El terapeuta Carl Gustav Jung fue el primero en introducir el uso de mandalas en la cultura occidental a principios del siglo pasado, lo que le valió críticas y el distanciarse del padre del psicoanálisis moderno, Sigmund Freud.  Jung –quien se calificaba como un sanador de almas más que un terapeuta-, afirmó que “el arquetipo de estos dibujos se encuentra firmemente anclado en el subconsciente colectivo”.



La experiencia indica que quien dibuja y pinta mandalas modifica una y otra vez la elección de los colores de acuerdo a su estado de ánimo. Los miedos, las preocupaciones, las estructuras mentales-emocionales y los patrones de pensamiento aún de los niños que comienzan a concurrir a las escuelas, aparecen reflejados en los colores que utilizan al trabajar con estas figuras. Y por sobre todo, reduce considerablemente las tensiones y apacigua los estados de iracundia.

Los terapeutas educacionales franceses que aplicaron los mandalas para reducir los problemas de conducta escolar desde la niñez, siguieron una estructura de interpretación de colores según la cual, por ejemplo, cada tonalidad expresa un simbolismo concreto. Por caso:



Blanco: iluminación,  pureza y perfección.
Negro: muerte, limitación personal, ignorancia.
Gris: neutralidad, sabiduría, renovación.
Azul: tranquilidad, paz, felicidad...

Esta es solo una pequeña explicación del fenómeno que hizo descender la problemática de la violencia escolar en Francia. La solución fue comenzar a trabajar desde el inicio de la escolaridad con los alumnos que presentaban trastornos de conducta. La experiencia resultó positiva y aunque sea demasiado pedir que las autoridades educativas argentinas salgan de su corralito burocrático y observen cómo se restringió la conducta violenta de los escolares en otros países,  es el futuro de los pibes lo que está en juego... que no es poco pedir.

“Haz lo difícil cuando todavía es fácil”  escribió el sabio Lao Tsé en el hermoso libro de aforismos paradójicos titulado Tao Té Ching.
Los educadores franceses lo pusieron en práctica y el resultado fue positivo. ¿Porqué no hacerlo en la Argentina cuando aún se está a tiempo...?

                                                                                      Jorge D. Boimvaser

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