Una carta para Pelusa, para Diego, para nuestro D10S popular

Sociedad

Todos vamos a recordar este miércoles 25 de noviembre del 2020, como el día en el que el corazón de Diego dejó de latir para trascender y vivir eternamente en el pueblo.

¿Qué se hace con tanta tristeza? ¿Dónde se mete? Este año nos hizo enfrentarnos cara a cara con ella y acarrear duelos mal procesados. El golpe final, para mí y para millones de personas, es la muerte de Diego Armando Maradona, el pibe de Fiorito que cuando se venía la mala se ponía una capa con un 10.

Las y los que fuimos criadas/os en una hogar futbolero y pasional, estamos marcadas/os a fuego por Maradona, ese D10S imperfecto, que combatía en todas las batallas y se mandaba todas las cagadas.

Nací en el ’87 no estuve ni cerca de verlo en su esplendor, no disfruté en vivo la "mano de Dios" ante Inglaterra ni cuando se convirtió en el justiciero de Nápoles, que hasta su llegada era una sociedad mirada con desprecio por “la Italia rica”.

No obstante, Diego para mí es mi familia reunida viendo la conferencia de prensa en 1994 cuando "le cortaron las piernas" en el infame mundial de Estados Unidos.

También es mi papá llevándome a la Bombonera para verlo jugar en un amistoso de Boca contra el Colo Colo, a pleno rayo del sol en una de sus tantas vueltas; y es mi mamá llorando con él en su despedida porque “él se equivocó y pagó" y porque "la pelota no se mancha”.

Diego es el pueblo; es justicia social; es carnaval y transpiración; es barro y bosta, no fango como dicen algunos. Es nuestra propia contradicción; es el sentimiento a flor de piel; es ponerle el cuerpo, algo que muchos pregonan pero pocos hacen, y es seguir adelante a pesar de tener un tobillo reventado.

Maradona nunca salió por arriba de las situaciones, marcó sus posiciones por más incómodas que fueran y gambeteo con su zurda magistral y con su lengua.

Esto no es más que un desahogo ante tanta angustia, ante un 2020 que nos desbastó y que con la muerte Maradona nos dio la estocada final.

Hoy tenemos la libertad de no discutir con el que no entiende el sentimiento del laburante ni con el (o la) que nos quiere explicar cómo hay que sentir ante un suceso así, mirando desde arriba de una moral impostada.

Diego, Pelusa, te amamos. No nos alcanzan las lágrimas para llorarte. ¡Gracias por ser lo que sos, inmenso!

Deseo que ahora puedas descansar y tener paz, lejos de todos los demonios.

Hasta siempre.