Mujeres y hombres en pie de guerra por las tareas de la casa

Sociedad

*A pesar de que hay parejas que logran alcanzar algún grado de democracia en lo que refiere al trapo de piso y la escoba, no todas lo consiguen.
*Aquí, una guía para que las mujeres vayan avanzando en la tarea de encajarle al marido el 50 por ciento de sus responsabilidades gananciales a la hora de hacer las camas, preparar la comida y calzarse los guantes de goma.

El primer paso hacia la democratización de las tareas domésticas y la primera actitud indispensable de cualquier mujer que pretenda no ser la reina del trapo de piso, es la capacidad de elección: si acepta irse a vivir con un hombre que no mueve un dedo, que vive con la mamá que le hace todo o que ya se independizó y habita un departamento decorado al mejor estilo basural, que después no se queje. Ya sabemos que no hay que creerse eso de que uno tiene la capacidad de cambiar a la otra persona.

Partiendo de la base, entonces, de que se eligió un ejemplar lo más entrenado y lo mejor predispuesto posible, aquí van algunas ideas para encajarle el 50 por ciento de sus responsabilidades gananciales a la hora de hacer las camas, preparar la comida y calzarse los guantes de goma –que le corresponden con tanto derecho como la mitad del auto y del departamento, en el caso de que hayan constituido una sociedad conyugal-:


El primer paso hacia la democratización de las tareas domésticas es hacer una buena elección:  un hombre entrenado y bien predispuesto es un buen comienzo.    

 


- Empezá por mimarlo con caricias, palabras amorosas, regalos y baños de espuma: si le demostrás tu amor con exquisitas comidas y camisas impecablemente planchadas no te lo va a retribuir y, además, se va a acostumbrar y va a dar por sentado que esos trabajos quedan para vos.



- No festejes ni agradezcas cuando levanta la mesa, lava los platos o pone en marcha el lavarropas: él no piensa que vos esperes ningún reconocimiento por esa misma tarea y es lógico porque se trata de una responsabilidad compartida.



- Tampoco elogies lo que está mal hecho con tal de que vuelva a intentarlo: si las milanesas están quemadas, decíselo de buena manera y asegurale que la próxima vez le van a salir mejor si no calienta tanto el aceite.



- Acostumbrate a hacer lista para ir al supermercado y a involucrarlo en la tarea: “Amor, ¿te fijás si hay yerba?”, es un buen comienzo para que termine redactándola con vos, mate de por medio.



- Nunca le hagas la valija si se va de viaje, nunca guardes la ropa que deja tirada por ahí y nunca  le ordenes los calzoncillos en el cajón. Después de planchar –en el caso de que no lo haga él-, dejá su ropa sobre la cama “para que él la acomode a su gusto”.


 


Es más efectivo usar la inteligencia que la fuerza para fregar.    

- Desterrá la frase “¿Qué querés cenar?” y cambiala por “¿Qué podríamos comer esta noche?”.



- Aplicá la inteligencia -más que la fuerza para fregar- y empezá a usar la palabra “mientras”, por ejemplo: “Amor, mientras yo hago la comida, ¿por qué no vas ordenando el comedor y poniendo la mesa?”.



- No hace falta que te vuelvas una talibán en el ámbito doméstico haciendo listas con divisiones de tareas y días y horarios de trabajo para cada uno: observá calladita que la cosa vaya apuntando a un miti y miti y que cada uno se vaya haciendo cargo de lo que mejor le sale o lo que menos le molesta.



- Comportate en tu casa como si estuvieras en el trabajo: no grites, no te pelees y pedí las cosas bien: la diplomacia es más efectiva que el enfrentamiento.

Y, por último, si los dos tienen jornadas agotadoras en la oficina y necesitan contratar una persona para limpiar, no se te ocurra pagar de tu sueldo lo que es una solución para los dos.


 


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