¿Para qué llamar al gasista si lo puedo hacer yo y mejor?
* Saben arreglar todo lo referente a las cuestiones de la casa y no dejan que nadie lo haga por ellos. Conocé el perfil del supermacho que roza la obsesión.
*Especialistas en el tema dan su opinión.
Muchos son los hombres que en pos de exhibir su masculinidad -o lo que creen que es la masculinidad- se dedican a arreglar los artefactos de la casa como si ser hombre pasara por tener esa habilidad. Saben cambiar cueritos y enchufes, reparan calefones y hasta pueden plastificar la escalera. Son los “supermachos”, que adhieren al principio de “yo puedo todo; yo lo hago mejor”. Y, obvio, jamás permiten que entre un service.
Daniel es un ejemplar perfecto de esta “raza”. Pero el marido de Silvina Tabaroni (38) también: “A casa jamás entró un albañil o un plomero, ni un técnico de reparación de nada. Ningún electrodoméstico fue mandado a un service jamás. Todo se arregla acá, para no delegar en otro la responsabilidad. El es el típico ´yo arreglo todo´. Desconfía en que el otro haga las cosas bien".
Las especialistas consultadas por minutouno.com coincidieron en que esta actitud está relacionada con los roles sociales: “Tiene que ver con el rol de la masculinidad y el desdibujamiento de los límites. Y está confusión les genera miedo de perder tareas propiamente masculinas. Sienten que si no saben arreglar una canilla o pintar una pared dejan de ser hombres”, expuso la psicóloga Graciela Cafici.
Por su parte, la periodista y escritora Valeria Schapira, autora de “Hombres, Manual de la usuaria”, coincide en que arreglar todos los artefactos de la casa revaloriza el ego de los hombres.
“Un hombre con un taladro en la mano se transforma en un He Man urbano. Por dentro se autoalaban con un ´qué útil soy; qué bien hago todo´, pero es claro que un hombre no es más macho por saber hacer un tendido eléctrico. En un punto son como los niños: se sienten más poderosos resolviendo todo”, evaluó, con cierta sorna, Schapira.
Sin embargo, están quienes no se conflictúan tanto por el hacer o no hacer y no depositan en ello su masculinidad: “Yo no sé hacer nada. O casi nada. Y no me preocupa en lo más mínimo. Acuñé un principio: ´hay gente que lo hace mejor que yo y vive de eso´. Mi generación es la que rompió con algunos moldes del pasado respecto de los roles de la mujer y el hombre, y en todo caso este es otro molde que puede quebrarse: el que establece que la masculinidad pase por algunas tareas”, opinó Adrián, (38) de profesión docente universitario.
El perfil del “supermacho”
Para la psicóloga Cafici, este perfil del hombre que todo lo sabe y todo lo puede roza la obsesión y tiene que ver con personas muy exigentes, autosuficientes y perfeccionistas, que buscan a través de su accionar demostrar que son “machos”.
“Son personas que no se quedan tranquilas delegando nada en los otros. Y si lo hacen lo inspeccionan y controlan todo el tiempo para que esté todo perfectamente correcto tal cual lo hubiesen hecho ellos. Es algo bastante obsesivo”, remarcó Cafici, quien adjudicó la raíz de esta situación a educaciones severas que les enseñan a “rendir”, lo que hace que necesiten la aprobación de los demás.
Silvina, la esposa de aquel “súpermacho”, también apunta en esa dirección: “Tiene que ver con su educación. El tiene que saber esto y aquello, y si lo sabe ya es hombre. Para peor, su familia sostiene ese rol. Un día mi sobrino llamó a casa para preguntarle a mi marido cómo encender el termotanque, cuando sólo tenía que leer las instrucciones”.
Corazón de hierro
Para Cafici, muchas mujeres pueden sentirse cansadas de estar con un hombre con estas características, ya que “en general no se permiten estar sin hacer nada porque eso sería perder el tiempo. No saben disfrutar de las cosas simples de la vida”.
“Me cansó. Yo le preguntaba porqué tenía que hacer todo él y nos peleábamos. No había un crecimiento espiritual. El ponía toda su energía en lo que se veía y podía palparse, o sea, en arreglar cosas. En cambio, en lo intangible, en la fortaleza del vínculo no ponía nada. Le quitaba tiempo a la pareja y no existía el placer de compartir la cotidianeidad. A mí eso me generaba mucha angustia”, contó Silvina, en vías de separación.
Schapira es todavía más dura: “En general no sirven para arreglar nada y aún así mantienen esa actitud. Pero lo mejor es llamar a un gasista matriculado y salvar el matrimonio”. Aún así, admitió que “muchas mujeres son conscientes de que esto les alza el ego a ellos y, pese a que hacen un desastre en la casa, los dejan”.
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