Sí, aunque a usted le resuene el título en la cabeza es real. Después de años de haberse entusiasmado con las fascinantes historias de ciencia ficción, los amantes de la tecnología podrán descorchar una alegría dentro de muy poco. “Discutir el acoplamiento entre mente y máquina es tan viejo como la película Metrópolis. Lo que es nuevo es que la conexión de un cerebro humano a un ordenador mediante microelectrodos implantables es ahora una opción real”, comenta Jens Clausen del Instituto de Ética e Historia de la Medicina de la Universidad de Tübingen, Alemania.
Aunque la interacción entre tecnología y cerebro ya no es una novedad, teniendo en cuenta que se han logrado grandes avances especialmente para los que padecen del mal de Parkinson, los científicos se enfrentan frente a un nuevo dilema ético. “Utilizar una técnica con el propósito de mejorar las cualidades humanas conlleva mayores exigencias de seguridad que su aplicación médica. Los riesgos habitualmente se aceptan a cambio de mejorar la salud o de salvar la vida”, defiende Clausen.
El límite, según publica el diario La Nación, se encuentra en la preocupación sobre la incidencia de las máquinas en el cerebro. Al parecer, el tratamiento al que fueron sometidos algunos pacientes de Parkinson (que no respondían a los tratamientos farmacológicos) trajo aparejado un listado de efectos secundarios dentro de los que se encuentran el cambio de personalidad y varios suicidios.
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Sin embargo, la tecnología también logró algunos méritos en otras áreas. En el caso de los no videntes, se desarrolló un implante de paneles de microelectrodos ubicado en la retina de los ojos. El implante recibe las señales inalámbricas desde una cámara ubicada en los anteojos del paciente. Luego, la señal es dirigida a las neuronas del nervio óptico.
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Con tantos avances abocados a mejorar la calidad de vida de aquellos que presentan irregularidades en la conformación cerebral, cuesta imaginar que se esté tan lejos de incorporar conocimientos mediante un chip.
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