No hay atenuantes. No hay justificación. Nada importa. No tiene
relevancia, si el robo había ocurrido, o no. Lo cierto es que un hombre
llegó en su auto a una plaza de Zárate. Estaba acompañado de su hijo. Y
delante de ese hijo, encaró a dos nenes que jugaban en la plaza Soldado
Argentino.
De acuerdo con los testigos, el hombre bajó del auto y le
dijo a uno de los nenes: "¿Vos le robaste el celular y la campera a mi
hijo?". La respuesta, ni llegó. El hombre sacó un arma y empezó a los
tiros. Mató a sangre fría a uno de los nenes a
los que culpaba de ladrones, y al otro, le disparó también. Esos tiros,
no hicieron blanco por fortuna.
El asesino hizo todo delante de su
hijo. Se subió al auto y escapó. Para la fiscal, no hay dudas. Se trató
de un homicidio calificado. Hubo saña y alevosía.
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El asesino fue
doblemente asesino. Primero, porque mató a un nene a sangre fría, y
después, porque cometió la faena criminal, delante de su propio hijo.
Tremendo.
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