Los adolescentes que trabajan pierden más de lo que ganan

20 de febrero de 2020

Por Mauro Brissio y Antonio Colicigno


Nada demuestra más que los jóvenes adolescentes que trabajan pierden más de lo que ganan que el informe elaborado por la Fundación SES y el Centro de Estudios Atenea, en base a la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC del segundo trimestre de 2019 que sostiene que el 60% de los jóvenes adolescentes que vive en hogares pobres aporta el 20% ―o menos― del ingreso de la economía de su casa. En tanto, hay un 23% de ellos que su sueldo representa entre el 21 y 49% del ingreso total y, hay un 17% que aporta más del 50%, es decir que son jefe de hogar ―en términos económicos― con un promedio de $18.000 mensuales.

Pero la cuestión no solo es el salario de hambre, sino que el empleo informal y sin registrar que se necesita para paliar la necesidad económica de su hogar se traduce en el abandono de 1 de cada 10 adolescentes (16 y 17 años) del sistema educativo, mientras que en los sectores más pobres 5 de cada 10 jóvenes (18 a 29 años) poseen el secundario incompleto, según indica el informe.

Alarmante, ¿verdad? Es que no podemos exigir un empleo genuino y de calidad cuando hay jóvenes adolescentes que han sacrificado sus estudios y nosotros que somos, como seguramente muchos de los lectores, los que conocemos el paño, sabemos que a medida que crecen, los jóvenes con mayores credenciales educativas muestran más posibilidades de acceder a empleos registrados, o sea formales y de mejor calidad.

No se necesita ser un especialista en políticas sociales para darnos cuenta que acá tenemos un problema más grande que una casa. Porque estamos teniendo adolescentes y jóvenes que están quedando por fuera de los márgenes de la formalidad que le brinda la educación y el empleo de calidad, se ubican simbólicamente en un espacio desterritorializado, en cuanto no participan de ninguna de las instituciones que le aportarán las credenciales y conjunto de experiencias para su desempeño futuro.

Principalmente, los jóvenes pobres son los que se ven más afectados por la desocupación, el empleo informal y la uberización de la economía. Entonces, lo que tenemos es una realidad marcada por las desigualdades del sistema capitalista que hace que los que tuvieron que abandonar sus estudios terminen trabajando para aquellos que si lo finalizaron.

Por ello, y además de la transferencia de dinero, es necesario que retornen a la escuela de la que nunca tuvieron que marcharse para formar una trayectoria juvenil positivamente valorada en su futura búsqueda laboral, sólo posible a partir de la territorialización de sus problemáticas.

De aquí la necesidad de articular una política pública nacional que incorpore lo territorial y, nadie conoce tanto las particularidades de los territorios como los propios municipios. Sin embargo, existe una lógica mediática ―e incluso política― que demonizó a los Estados locales, a sus intendentes y a sus habitantes, imposibilitando la correcta implementación de una red que comience en la nación y termine en el territorio.

Lo que decimos desde este espacio es que las intendencias necesitan ser entendidas como una pieza fundamental para el diseño de cualquier programa social, tal como lo demuestra la reciente experiencia del Bolsa Familia en Brasil, en la que el territorio tuvo una función extraordinaria que garantizó que el programa de transferencia de ingresos llegue a lugares que el Estado nacional nunca habría podido sólo.

Los municipios, que son el último orejón del tarro, han demostrado durante la etapa de Cambiemos ser la trinchera que se mantuvo en pie de guerra, dicho esto no sólo desde la lógica de la resistencia a un modelo de exclusión aplicado, sino centralmente de respiro, de contención, de búsquedas de respuestas frente a la crisis social provocada. Por ello, el nuevo tiempo de la Argentina nos obliga a buscar alternativas que acompañen, mediante acuerdos locales, a las instituciones formales para recuperar a los jóvenes adolescentes que se han caído del tejido social.

Sin dudas, dotar de ingresos a los jóvenes adolescentes es un paso necesario, pero debemos ser capaces de darnos cuenta que debemos superar el desafío de la lógica del mercado como única salida. Para ello, hay que empezar atendiendo a cada territorio, con un diseño que involucre a los Municipios y las provincias, que cuente con las organizaciones y movimientos sociales, las comunidades religiosas —en sentido amplio—, para integrar respuestas concretas a cada situación, acorde a las diferencias que tienen los contextos donde viven. A la exclusión de miles de familias la respuesta no sólo debe ser de cuestiones materiales, que son una condición indispensable, pero no única. A muchas de estas familias la contención, el acompañamiento, el estar, desde distintos ámbitos de la comunidad y el Estado se transforma en ese plus que necesita para lograr superar los obstáculos cotidianos de un mundo complejo, desigual e individualista. Es hora que el otro importe, que el otro sea el compromiso de todos.

Por acá es el camino. Con un proyecto que sea verdaderamente federal, única forma posible de encarar los problemas de los jóvenes adolescentes que trabajan a cambio de nada.