Ciudadanos-bomba: cuando a los consumidores no les queda otra que estallar ante el maltrato

Sociedad

*Se denomina "cliente-bomba" a los ciudadanos que reaccionan violentamente frente a las vejaciones del sistema que los tiene como consumidores.
*Aquí, algunos ejemplos concretos de las situaciones cotdianas que pueden encender la mecha.

Cuando la consultora D`Alessio-IROL le puso la denominación de “clientes bomba” a los ciudadanos que reaccionan violentamente frente a las vejaciones del sistema que los tiene como consumidores, instaló una retórica casi perfecta para denominar un fenómeno que se viene gestando desde hace tiempo y cuya eclosión está prevista para el 2008. Es decir: ciertas situaciones que se ven a diario pueden formar el germen de un sistema de reacción que, al tener ribetes violentos, se sabe cómo comienzan pero no en qué pueden derivar.

Dos situaciones observadas por una sola persona (el autor de este informe) en el término de pocos días sirven para delinear que también los “ciudadanos bomba” –no solo los clientes- están cargando los rifles de la ira prestos para descerrajar el gatillo en cualquier momento.

Episodio I.


 


Estación Florida de línea de subte B. El tramo entre Leandro Alem y Medrano está infectado por una banda de carteristas comandada por un hombre mayor, de unos 60 años aproximadamente. Se los reconoce en verano porque aún en días de altas temperaturas algunos de sus miembros llevan  en sus brazos camperas gruesas, con las cuales comienzan a acosar a su futura víctima con roces en la vestimenta que aparecen como casuales. Algunos tienen antecedentes penales por hurto, pero como se sabe en estos casos los delincuentes salen de las comisarías antes que sus denunciados.  El carterista es una alegoría de lo que ocurre en la Argentina: El delito en el cual se le mete la mano en el bolsillo al ciudadano es la metáfora perfecta de la corrupción imperante en el sistema. Se los conoce en las líneas de subte pero las autoridades ni previenen ni actúan. Uno de estos carteristas fue detenido el año pasado por acoso sexual en una estación de subte, después de que lo denunció una pasajera a la mañana temprano. Nadie actúa frente al delito, y apareció días pasados el “ciudadano bomba”. Un hombre de porte atlético, estilo “patovica” pero entrado en años, le advirtió a un policía la presencia de un carterista que paseaba en los andenes. El agente dijo que no podía hacer nada, entonces ocurrió lo previsible...  El hombre indignado tomó al delincuente del cuello, lo golpeó hasta tirarlo al piso y a los gritos les advirtió a los sorprendidos observadores: “Cuidado con este h... de p... que es un carterista”.  Estuvieron por lincharlo entre todos los pasajeros (la ira de las mujeres mayores era más irrefrenable que la del resto de la gente). Al final,  muy golpeado, el delincuente pudo escapar. El policía se corrió presto del lugar para no tener que intervenir. Lo que antes se llamaba “justicia por mano propia”  ahora se empieza a llamar “ciudadano bomba”.

Episodio II. 


 


Una sucursal bancaria. Atienden dos ventanillas de las cuatro disponibles. En la fila, que se demora pese a la buena voluntad de los cajeros, un cliente alto y morocho, estilo basquetbolista de la NBA y con acento centroamericano, empieza a quejarse en voz alta por el tiempo que llevaba en la cola y desata la furia del resto de los clientes que esperaban hasta ese momento calmos, hablando entre sí.
Algún gerente de la sucursal, rápido de reflejos y previendo lo que podía pasar, se puso a atender una de las cajas vacantes y pronto otro empleado cubrió la cuarta ventanilla.  Desactivó la bomba cuando estaba a punto de estallar.

“Cliente bomba” - “ciudadano bomba” parece ser el signo de violencia destinado a caracterizar la respuesta en forma de estallido por parte de quienes se sienten asfixiados en un sistema donde el cliente nunca tiene razón y el Estado sigue ausente y autista de los problemas cotidianos de los habitantes.



No es un pronóstico realizado por alguna consultora, es solo un pantallazo de la realidad que hace presagiar que el 2008 será el año de la furia popular frente al auge de los atropellos diarios.

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