Charly García y el don que marcó su música: qué comparte con una figura clave del pop mundial

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El ídolo del rock argentino tiene oído absoluto, un don que marcó su relación con la música desde chico. Del otro lado del mundo, un referente del pop actual experimenta el sonido de una manera muy particular.

Hay músicos que escuchan una canción y disfrutan de lo que suena. Otros pueden reconocer un acorde, detectar una desafinación o reconstruir una melodía. Y después está Charly García: un artista cuya relación con el sonido empezó a ser extraordinaria cuando todavía era un chico.

El oído absoluto es una de esas expresiones que parecen salidas de una película sobre un genio musical. En términos sencillos, es la capacidad de identificar una nota sin necesidad de compararla con otra previamente conocida. Una persona con esta habilidad puede reconocer qué nota está sonando sin recurrir a un instrumento como referencia. Y Charly mostró esa capacidad desde muy temprano.

La historia tiene una escena digna de una biografía. Durante una reunión musical en la casa de su familia, el guitarrista Eduardo Falú tocaba cuando el pequeño Carlitos advirtió que una de las cuerdas estaba desafinada. No necesitó un afinador ni que alguien le señalara el problema: lo escuchó. Después de hacer distintas pruebas, los presentes comprobaron que aquella percepción no era una casualidad.

El don que Charly descubrió desde chico

García había comenzado a estudiar piano clásico a los cinco años y creció rodeado de música. En su casa se escuchaban composiciones clásicas y se reunían artistas de distintos géneros, un contexto que ayudó a alimentar su curiosidad sonora. Pero una cosa es tener acceso temprano a la música y otra, bastante distinta, detectar una nota fuera de lugar con una precisión que deja desconcertados a los demás.

El oído absoluto no era solamente una herramienta para tocar mejor. También podía convertirse en una manera particular de experimentar el mundo. Según distintas anécdotas sobre su sensibilidad auditiva, escuchar algo desafinado podía resultarle especialmente molesto. La música no era un ruido de fondo: tenía matices que para él podían ser evidentes y para otros pasar inadvertidos.

¿El oído absoluto explica la genialidad de Charly? No. Sería tentador atribuirle a esa capacidad el secreto de sus canciones, pero la música no funciona como una fórmula matemática. Reconocer notas con facilidad no garantiza escribir una melodía inolvidable, del mismo modo que conocer todas las reglas de la gramática no convierte automáticamente a alguien en un gran escritor.

En García conviven esa sensibilidad auditiva, una formación musical temprana, una curiosidad inagotable y una personalidad artística que nunca se llevó demasiado bien con los límites. Su obra no se explica por una sola característica, aunque el oído absoluto sea una de las pistas más interesantes para acercarse a su universo.

Qué tiene en común con el cerebro detrás de Tame Impala

Y acá aparece una conexión inesperada con otro músico que construyó un lenguaje propio a partir de una manera singular de percibir el sonido. No se trata de otro prócer del rock argentino ni de una figura de su generación. Es Kevin Parker, el cerebro detrás de Tame Impala y uno de los nombres que ayudaron a conectar la psicodelia con el pop contemporáneo.

Parker describió una experiencia poco habitual: la sinestesia, un fenómeno en el que un estímulo de un sentido puede provocar una experiencia asociada a otro. En su caso, contó que escuchar música puede parecerse a mirar una película y que el sonido puede despertar asociaciones visuales, como colores e imágenes.

Dos maneras extraordinarias de escuchar la música

La diferencia es importante. El oído absoluto y la sinestesia no son lo mismo. El primero permite reconocer notas musicales sin una referencia externa; la segunda puede hacer que los sonidos se asocien de manera involuntaria con colores, imágenes u otras sensaciones. Son experiencias distintas, pero ambas invitan a pensar cuánto puede variar la forma en que cada persona escucha una misma canción.

La particularidad de Parker resulta especialmente sugestiva si se considera el universo sonoro de Tame Impala: capas de sintetizadores, guitarras que parecen disolverse en el aire, ritmos envolventes y melodías que pueden sonar familiares y extrañas al mismo tiempo. No sería serio afirmar que todo ese lenguaje nace de la sinestesia, pero sí resulta interesante que el propio músico haya contado que percibe el sonido de una manera que excede lo estrictamente auditivo.

Su influencia, además, ya no queda encerrada en el circuito de la psicodelia. Parker participó como compositor y productor en Radical Optimism, el álbum de Dua Lipa, y trabajó en canciones como “Houdini” y “Training Season”. Es otra muestra de cómo un músico con una identidad reconocible puede trasladar su sensibilidad a un universo pop de alcance masivo.

La comparación con Charly no busca ponerlos en el mismo casillero ni sugerir que comparten un don idéntico. Lo interesante es otra cosa: dos artistas separados por generaciones y geografías pueden acercarnos a una pregunta parecida. ¿Cuánto de una obra nace de la técnica y cuánto de una forma singular de percibir aquello que los demás también tienen delante —o, en este caso, delante de los oídos—?

En la música, las condiciones particulares pueden ser una ventaja, una curiosidad o apenas una pieza más del rompecabezas. Después hacen falta canciones, decisiones, intuición, trabajo y una identidad capaz de sobrevivir a las modas. El oído absoluto no escribió “Demoliendo hoteles”; la sinestesia tampoco compuso por sí sola los paisajes sonoros de Tame Impala.

Pero esas experiencias permiten asomarse a una parte menos visible del proceso creativo. Antes de que una canción llegue a los parlantes, antes de que se convierta en un clásico o termine sonando en una pista de baile, existe una manera de escuchar que pertenece exclusivamente a quien la crea.

En el caso de Charly García, esa historia empezó mucho antes de los escenarios, los discos y las canciones que marcaron al rock argentino. Empezó con un chico frente a un piano y un oído capaz de advertir lo que para el resto podía pasar inadvertido. Después llegó todo lo demás: la irreverencia, la experimentación y una obra que sigue invitando a escuchar de nuevo.

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