Barrabravas: los laburantes de ayer son los corruptos de hoy
Un proverbio bíblico atribuido al Rey Salomón reza lo siguiente: “No digas que todo tiempo pasado fue mejor, porque nunca de eso hablarás con sabiduría”.
Lógico que existen excepciones. En el universo de la violencia futbolística, los barra bravas de antaño ostentaban una condición que hoy día es difícil de hallar. Además de hinchas de fútbol, se ganaban la vida como cualquier mortal: trabajando.
Ahí está el ejemplo de “El Lechero”, un barra que empezó a hacerse fuerte en la tribuna boquense desde mediados de los setenta. Su apodo tenía una razón de ser, porque el hombre era repartidor de la fábrica láctea “La Vascongada”, y cuando Boca Juniors disputaba partidos entre semana, se lo podía ver con su mameluco marrón y el sello de la empresa que lucía orgulloso en el bolsillo de su chaqueta. “El Lechero” no tenía tiempo de ir a cambiarse a su casa, salía del trabajo y rumbeaba directo para la cancha.
El jefe de “El Lechero” era Enrique Ocampo, más conocido como “Quique el carnicero”, dueño de una marisquería de buena fama –La Glorieta- ubicada frente a la bombonera. Era gente pesada, pero en esa época ni la droga ni los negocios oscuros eran parte del fútbol argentino. Y era un hombre de trabajo. Lo secundaban además de “El Lechero”, tipos con denominaciones extrañas: Upa, Chupamiel, El Alemán... Quique había captado a diferentes contadores, todos fanas del mismo club, y se los imponía a la Comisión Directiva para que monitorearan los balances de la institución, “...porque con la guita del club no se jode” les decía Quique.
Recibía semanalmente no más de 50 entradas de favor, que no iban a la reventa sino que se repartían entre los hinchas especiales, familiares y amigos.
En las elecciones de 1983, Quique trabajó para un líder radical afincado en la Boca: Carlos Bello (el padre de Claudia, posterior funcionaria menemista). Bello se candidateaba para diputado nacional y logró su cometido. Sus mitines políticos eran organizados por Quique, que además de arrear gente enfervorizada (resulta medio fellinesco imaginar hinchas de Boca enfervorizados por el radicalismo..., pero así es la vida) estaba a cargo de la seguridad de los actos. Eran otros tiempos, pero igual Quique y sus lugartenientes se ocupaban de que en la Boca no hubiese asaltantes robando en el barrio. Los que no caían en la comisaría 24 caían en las garras de los hinchas boquenses, algo realmente no aconsejable para su integridad física.
Por estos días, los guías turísticos que llevan extranjeros a visitar la República de La Boca, tienen que pagar un “peaje” –entre 2 y 4 pesos- a varios pibes no mayores de 18 años para que no les roben a cielo abierto a los turistas. Y salir de noche por las calles de los alrededores del estadio es tan peligroso como fue hacerlo en el Bronx neoyorquino dos décadas atrás.
Las hijas de Quique Ocampo abrieron el Primer Museo del Barra Brava del mundo: Un localcito denominado “Museo de Quique el Carnicero”, al lado de locales de venta de indumentaria que atienden ellas mismas (una de ellas, muy reconocida por sus obras de solidaridad sacando chicos de la calle, ofreciendo comida a los indigentes y otras muestras de caridad).
Quique perdió la jefatura de “La 12” en una batalla sangrienta librada a pocas cuadras del estadio contra la facción de José Barrita (El Abuelo, un hombre de canas prominentes desde su adolescencia), un pesado con ambiciones que colaboraba con el líder sindical metalúrgico Lorenzo Miguel.
Barrita vio que el fútbol, junto con la pasión, también arrastraba negocios y posibilidades de enriquecimiento. Junto a él estaban, entre otros, “el bolita” Niponi, un boliviano (murió en la cárcel años atrás) incorporado a los violentos que desplazaron a Quique, quien traía de su Santa Cruz de la Sierra natal algunos kilos de cocaína que comercializa por doquier. Cuando la droga y los negocios entraron al fútbol por el portón principal, la pasión se escapó por la puerta de servicio. “El Abuelo” creó la Fundación Número 12, de la cual Fernando Di Zeo era tesorero y su hermano Rafael, pro tesorero y recaudador. Llegaron a juntar casi tres millones de dólares y la nómina de contribuyentes que encontró la justicia cuando allanó el local de la calle Uruguay al 500 que dirigía Barrita fue multifacética: Mauricio Macri, Melchor Posse (dirigente radical histórico de San Isidro), Roberto Digón (ex sindicalista), Mario Pergolini, el sastre Ante Garmaz y Guillermo Cóppola, entre otros.
“El Abuelo” era muy amigo de barras de otros clubes, algunos que aún hoy siguen trabajando al margen de dirigir a sus hinchadas. Entre esos amigos, figuraban “El Enfermero” (jefe de la hinchada de Platense, junto a “Malena”), un eminente paramédico que además de su profesión colaboraba en actos peronistas organizados por el ex Interventor menemista en ATC (hoy Canal 7), Horacio Frega, también hincha del calamar (antiguo color de la casa del club de Saavedra).
Toda una rareza en el historial de los paravalanchas: Hace tres décadas el jefe de los barras de San Lorenzo, conocido como “Milanesa”, dejó el club de Boedo y su “pase” fue adquirido por San Martín de Tucumán, donde organizó y condujo a la hinchada de ese club.
Hoy la pasión futbolera subsiste en clubes de categorías inferiores, en los cuales si existe violencia es debido a una pasión malentendida o a catarsis sociales propias de tiempos violentos. Aunque también en zonas del Gran Buenos Aires los punteros políticos usan a los barras bravas locales como fuerza de choque o como organizadores de actos.
“Los tiempos están cambiando”, cantaba Bob Dylan. El fútbol no es una excepción.
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